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Así deberíamos vender libros

Martes 23 de Junio de 2009 | sociedad | y nadie ha dicho nada

Si sois al menos de mi gene­ra­ción, no hace falta con­ta­ros la his­to­ria de terror sobre los sopor­tes obso­le­tos. Por vues­tras manos habrán pasado vini­los, case­tes, cin­tas Beta, cin­tas VHS, CDs, DVDs, MP3, SDs, Blue Rays… Y, con pocas excep­cio­nes, el for­mato que se podía usar de forma domés­tica siem­pre era de cali­dad infe­rior al original.

En el caso de los libros, el más­ter es el archivo digi­tal. El libro impreso sólo fun­ciona en el con­texto y las cir­cuns­tan­cias para las que fue hecho. Si quie­res leerlo en un soporte dife­rente (bol­si­llo, erea­der) o en unas dimen­sio­nes dife­ren­tes (pro­ble­mas de vista, con­fe­ren­cias) o inte­grarlo en un sis­tema dife­rente (brai­lle, audio­book, bus­ca­dor de texto, hiper­víncu­los), ten­drás que com­prar un nuevo vol­cado del más­ter, si lo hay, que cum­pla los requisitos.

Enton­ces es cuando viene el pro­blema: el nuevo vol­cado no se vende a pre­cio de coste. Por algún motivo, te obli­gan a pagar de nuevo a los crea­do­res del original.

Hasta hace un tiempo, las copias que se ven­dían eran en gene­ral el mejor vol­cado que era comer­cial­mente via­ble: libros de bol­si­llo por la movi­li­dad y el bajo coste y los de tapas duras por el tamaño y la dura­bi­li­dad. En con­se­cuen­cia, el lec­tor sen­tía que estaba pagando por la forma más prác­tica de acce­der al original.

Luego, cuando llega un nuevo soporte de mayor fide­li­dad, apa­re­cen por arte de magia nue­vos dere­chos. Sin embargo, en el pre­cio de un libro edi­tado en el siglo XX ya se había pro­yec­tado sufra­gar la crea­ción del ori­gi­nal con los dere­chos en papel. Es decir, al lec­tor que com­pró una copia en papel ya se le hizo pagar su parte. Quien comer­cia­liza el ori­gi­nal no tiene real­mente un dere­cho moral a cobrar una segunda vez por un con­cepto que en su día fue amortizado.

Lo cual me lleva a la cues­tión sobre la que que­ría hablar. Hoy en día se ven­den libros en for­ma­tos digi­ta­les de los cua­les se puede deri­var cual­quier otro. Un ebook sin DRM se puede usar en el móvil, en un erea­der, en una pan­ta­lla, puede ser leído por un sin­te­ti­za­dor de voz, se puede impri­mir en papel con tinta o en Brai­lle, se puede con­ver­tir en una página HTML, se puede bus­car, edi­tar, recor­tar, reor­ga­ni­zar. En con­se­cuen­cia, una vez se vende el ebook, se debe­rían haber amor­ti­zado todas esas posi­bi­li­da­des. No cabe, por tanto, que­rer cobrar dere­chos de crea­ción por cada ver­sión imaginable.

Supon­ga­mos que me hacen caso y en vez de ven­der libros de forma indi­vi­dual, como si la gente viviera ais­lada del resto del mundo, se ven­den al pre­cio abso­luto. Una vez se ha amor­ti­zado la crea­ción del ori­gi­nal (el archivo digi­tal), cual­quier vol­cado debe­ría ven­derse a pre­cio de coste. El pre­cio de coste incluye la maque­ta­ción de un libro impreso o la gra­ba­ción de un audio­book, pero no dere­chos de autor por el tra­bajo original.

Por ejem­plo, un autor a jor­nada com­pleta dedica un año a escri­bir una novela decente y libera el archivo digi­tal por 30.000€. Luego decide auto­edi­tar una ver­sión en rús­tica y dedica 35 horas al diseño y la maque­ta­ción. A con­ti­nua­ción libera igual­mente el archivo digi­tal de ese vol­cado (un PDF, pro­ba­ble­mente), sólo por el coste adi­cio­nal de la edi­ción, diga­mos, unos 500–1.000€. O quizá, teniendo en cuenta que el valor es pequeño com­pa­rado con el del ori­gi­nal, lo libera como obse­quio para los lectores.

El pro­pio autor puede subirlo a varios ser­vi­cios de impre­sión por demanda, aun­que los usua­rios son libres de tomar el PDF y usar cual­quier otro que les parezca con­ve­niente. A la hora de com­prar el ejem­plar, el lec­tor ya sólo paga los cos­tes de imprenta, que, a dife­ren­cia de la parte crea­tiva, sí que están rela­cio­na­dos con la fabri­ca­ción de cada uni­dad. El autor sólo pre­senta al ISBN y el Depó­sito Legal el ori­gi­nal y el PDF, no el vol­cado en papel, que es una impre­sión sin pago de dere­chos de autor orde­nada por el lec­tor para su uso privado.

¿Todo esto tiene alguna pega? Sí: es vir­tual­mente impo­si­ble hacerse millo­na­rio con un par de libros. Pero para los lec­to­res es una ven­taja más que un inconveniente.

Vía Fran Onta­naya


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