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Batidora hormonal

Jueves 13 de Abril de 2006 | Sin categoría | y nadie ha dicho nada

Tras varias rela­cio­nes, todas muy segui­das, abso­lu­ta­mente nefas­tas por no decir demen­cia­les (por supuesto siem­pre por culpa del de enfrente), he pasado por el típico pro­ceso de reac­ción natu­ral: la hibernación.

Yo, que soy una defen­sora acé­rrima de la hiber­na­ción por varias razo­nes:
– es fácil
– es lim­pia
– es barata

me dejo con­ven­cer por mis ami­gos y alle­ga­dos de que es el momento de pasar a una nueva etapa, de salir de la cueva, con lo bien que se está en ella. Así que hago un esfuerzo y decido fijarme en algún ejem­plar, el pri­mero que pillo. Por­que tras un periodo de hiber­na­ción, lo mejor es dejarse lle­var. No ana­li­zar. Si ana­li­zas, siem­pre encon­tra­rás que se está mejor en la cueva.
Así que no me fijo mucho, por­que si me fijo es siem­pre para sacar defec­tos. Me dejo lle­var. Y en seguida el suso­di­cho ani­mal de sexo con­tra­rio se mues­tra recep­tivo. Así que me pongo ner­viosa y me largo. Y a con­ti­nua­ción le idea­lizo. Me paso un par de sema­nas de vuelta en la cueva, con­vir­tién­dolo men­tal­mente en el espe­cí­men per­fecto. Hasta que me tomo unas cañas con unos ami­gos, me entra la prisa, y ter­mino pidiendo su telé­fono. Le llamo. No con­testa. Salta el con­tes­ta­dor y me pongo ner­viosa. Cuelgo. Pienso lo de siem­pre: “soy idiota”. Y como lo soy de ver­dad, vuelvo a lla­mar. Y le digo a su con­tes­ta­dor quién soy, me invento para qué llamo, y cuelgo pen­sando “bueno, a lo mejor ahora me llama”. Y caigo en que no he dejado mi número. Así que otra vez: “soy idiota”. Y a los pocos segun­dos pienso que a lo mejor no tanto. Por­que ahora ten­drá él que pedir mi telé­fono. Y enton­ces pienso: “Y si me llama, ¿qué le digo?” Bueno, cual­quier cosa. Y al cabo de pocos minu­tos, la ilu­sión de que me llame se con­vierte en un “joder, que no me llame ahora”. Y empiezo con el repaso. Rebo­bino men­tal­mente y me doy cuenta de que todo esto es pro­ducto del mero abu­rri­miento. Apago el telé­fono. Y me meto en la cama pen­sando que qué más da, pero que no ha estado mal haber vuelto a los quince años durante un rato.

Vía Eva braun


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