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Drama hipotecario

Lunes 29 de Mayo de 2006 | Sin categoría | y nadie ha dicho nada

A mí me gus­tan esos que se cogen el hipo­te­cón, con un suel­de­cito un 30% mayor que la cuota men­sual, y si les dices algo res­pon­den: “siem­pre puedo refi­nan­ciar”. Le pre­gun­tas a cuán­tos años es la hipo­teca, y resulta que es a 30, cuando no 40.

Vamos a tomar un ejem­plo fic­ti­cio. Pon­ga­mos que Pepito Relám­pago llega al mer­cado inmo­bi­lia­rio en el año 2006, se com­pra su zulito de Pla­dur por 200.000 € y lo finan­cia a 30 años. Poniendo un 4% de inte­rés, le sale una cuota de 954 €. Como le han hecho encar­gado recien­te­mente, allí en la car­pin­te­ría, llega ya a los 1.200 € men­sua­les. Sus padres le han hecho el aval, con su otro zulito, en este caso de los del yugo y las fle­chas. Sabe que al prin­ci­pio irá un poco ago­biado, pero “es la única forma de meterse”, “están todos así”, la infla­ción irá reba­jando la cuota, y sobre todo la reva­lo­ri­za­ción lo hará rico. No va a “tirar el dinero” en un alqui­ler, de modo que echa la fir­mita y el ban­quero lo des­pide con una pal­ma­dita en la espalda.

Pasan las sema­nas, Pepito es feliz en su zulito, se pone unas lito­gra­fías que com­pra en un mer­ca­di­llo, algu­nos mue­bles de Ikea, su madre le ayuda a lim­piarlo todo, su padre le suelta unos cuan­tos bille­ti­tos para com­prar un lavavajillas.

En junio, un anciano extran­jero, lla­mado Tri­chet, sube el Euri­bor. Pepito cree recor­dar que el ban­quero ya le habló de ese Euri­bor, aun­que lo hizo de pasada. Decía no sé qué de que subiría muy poco. La cues­tión es que al cabo de pocos meses, la cuota de su hipo­teca sube a 1.013 €. Llama al banco y le expli­can que si su tipo es varia­ble, que si el Euri­bor, que si la coyun­tura, que si tran­quilo que está todo con­tro­lado. Pepito decide apre­tarse un poquito más el cin­tu­rón, ya no desa­yuna en el bar, las lon­chas de jamón las pide fini­tas, los zapa­tos los aguanta hasta que las sue­las están com­ba­das, el Ford Fiesta lo con­duce a pun­tita de gas. Así y todo, su madre le ayuda a com­prar ropa y le suelta algún billete para que salga con los ami­gos. Vale la pena sacri­fi­carse, por­que en esos momen­tos su piso ya debe valer más, mucho más.

Pepito, a veces, cuando vuelve de tra­ba­jar, algo can­sado, mira el bal­cón de su zulito, allí en el quinto piso. Es un cua­dra­dito pre­cioso, tan bien deli­neado, junto a los otros. Ese es su lugar en el mundo. Ahí está la prueba de que sale ade­lante en la vida. Es, ade­más, el único del blo­que que no tiene un car­te­lito de “Se Vende”, lo que prueba que la reva­lo­ri­za­ción es un hecho y todos están reco­giendo los bene­fi­cios. Él, en unos años, tam­bién espera hacer lo mismo, ven­der y mudarse a un gran ado­sado en un barrio nuevo. Tal vez cuando tenga novia y lo ascien­dan a super­vi­sor. Nunca ha sido hom­bre de gran­des ambi­cio­nes, pero la pros­pe­ri­dad de España y su último triunfo finan­ciero lo están envalentonando.

Pero a Pepito no lo ascien­den. Lo que hacen es des­pe­dirlo. Hay poca demanda, las obras se están parando, los mal­di­tos de Ikea ata­can muy duro. Todos los jóve­nes con nue­vos pisi­tos quie­ren com­prar barato, nadie com­pra mue­bles hechos en España. Pepito era el empleado más joven, es decir, el más barato de des­pe­dir. Así que coge su carta de des­pido y en pocos días se pre­senta en el INEM.

Hay algo de prisa, por­que ha cobrado poco del des­pido y la letra del piso sigue entrando cada mes. En el INEM le dan ocho meses de paro con 800 € al mes.

Esta­mos ya en 2007. Pepito ve en su pequeño tele­vi­sor un mon­tón de obre­ros con pan­car­tas por las calles. Se están que­jando por el aumento del paro. El Pre­si­dente Zapa­tero hace lla­ma­das a la tran­qui­li­dad, esto es una etapa coyun­tu­ral, el Estado no aban­dona nunca a nadie. En el INEM reco­mien­dan a Pepito que vaya de pin­che de cocina, aun­que sólo le ofre­cen 600 al mes, poco más que la mitad de la hipoteca.

Cuando se acaba el dinero del des­pido, los padres de Pepito le ayu­dan a pagar la letra. Lo impor­tante es man­te­ner el piso y espe­rar a que se reva­lo­rice. Pepito a veces sale a com­prar perió­di­cos o bus­car car­te­li­tos con ofer­tas de tra­bajo. Al vol­ver mira su pisito, tan alto, orien­tado al aire calen­tito del sur. Como tiene tiempo de sobra, ha empe­zado a cami­nar más des­pa­cio. Eso le da tiempo de obser­var algu­nos deta­lles: los car­te­li­tos de “Se Vende” siguen allí. No los han quitado.

Pepito habla con su padre y lo tran­qui­liza: lo impor­tante es man­te­ner el piso. Ahora mismo en España hay tra­bajo, y él es un chico tra­ba­ja­dor. Su padre hará algu­nas lla­ma­das a sus ami­gos para ver si hay algo.

A fina­les de 2007, Pepito vuelve a revi­sar su hipo­teca: debe pagar ahora 1.104 € cada mes. El BCE ha dejado los tipos ya en el 4%, más el 1,25% que le cobra la caja de aho­rros, total 5,25%. Esto no hay quien lo entienda. Su patri­mo­nio sube, pero la cuota que paga tam­bién. La infla­ción no ero­siona la cuota, como le dijo su amigo en el banco. Tal vez por­que la infla­ción ayuda muy poco a quien no tiene empleo. Lo que sí que infla­ciona es la gaso­lina, la comida, la luz y el agua.

Los padres de Pepito se van que­dando sin aho­rros. Las cosas han subido mucho más que sus sala­rios. En la calle muchos hablan ya mal del Gobierno. Al fin, el minis­tro Cal­dera publicó una mala noti­cia: era un nume­rito que casi no se veía, en un rin­cón de la pan­ta­lla del tele­vi­sor: 13%. El paro está en el 13% y muchos pepi­tos bus­can tra­bajo a cual­quier pre­cio. Muchos de ellos son inmi­gran­tes, y otros son espa­ño­les que van ago­tando sus meses de paro.

Pero muy pronto a Pepito se le aca­bará el paro. Sus padres no podrán afron­tar su deuda. Tiene una pequeña reunión con ellos: no hay que ponerse ner­vioso, lo impor­tante es man­te­ner el piso, si lo vende ahora, luego val­drán más y ya no podrá com­prar nada. Ha lle­gado el momento de la refinanciación.

Pepito visita a su amigo el ban­quero. Le choca la mano y le explica que tiene pro­ble­mas. Las bro­mas y las risas des­a­pa­re­cen. Una mirada de des­pre­cio se le escapa al buen hom­bre engo­mi­nado. Se ponen a hacer nume­ri­tos: Pepito podría alar­gar el prés­tamo a 35 años y sólo paga­ría 1.041 € al mes. Pero eso es muy poca dife­ren­cia. Como Pepito es joven, enton­ces se puede alar­gar el prés­tamo mucho más, a 50 años: 950 € al mes.

¿Cómo puede ser que la cuota baje tan poco? El ban­quero le explica ama­ble­mente, con su bolí­grafo, que los intere­ses ascien­den a 875 euros al mes, más el capi­tal que vaya a amor­ti­zar según el número de años del prés­tamo. Pepito no sabe lo que es “amor­ti­zar”. Pre­gunta qué es lo mínimo a pagar. El ban­quero le res­ponde que los 875 € al mes, en un plazo de “caren­cia”. En ese tiempo, no amor­ti­za­ría capi­tal, pero al menos sal­dría del apuro.

Pero Pepito no sale del apuro. 875 euros son muchos euros. Él ima­gi­naba que doblando el plazo para pagar, la cuota baja­ría a la mitad. El ban­quero le explica ama­ble­mente que eso no es así, por­que la parte con­tra­tante de la pri­mera parte es igual a la parte con­tra­tante de la pri­mera parte. Pepito asiente y sale del banco. Llama a sus padres y luego va a cenar con ellos. El ban­quero tam­bién hace una lla­mada a su supe­rior: hay un posi­ble moroso.

En la cena, Pepito y sus padres tie­nen un amargo debate. Podrían alqui­lar el piso, mien­tras Pepito vuelve a vivir con ellos. Sería una solu­ción tran­si­to­ria hasta que encon­trase tra­bajo y, como pro­me­tió el ban­quero, el dichoso Euri­bor bajase. Pero el alqui­ler no lle­ga­ría a los 500 €. A la gente no le gusta “tirar el dinero” en un alqui­ler y paga poco. Ade­más, si no se encuen­tra inqui­lino ense­guida, van a tener pro­ble­mas para pagar. Pepito no puede pagar 375 euros al mes por la hipo­teca, mien­tras vive con sus padres y tiene un inqui­lino dis­fru­tando de su zulito. Eso no es via­ble. Se habla de ven­der su Ford Fiesta, que ya no uti­liza por­que no puede pagar la gaso­lina. Pero el viejo Ford Fiesta ape­nas vale 600 €. Es casi cha­ta­rra. Todo el mundo com­pra ya como mínimo com­pac­tos semi­nue­vos km. 0.

Pepito mira el tele­dia­rio con sus padres: parece men­tira, con lo bien que va España, lo que le cuesta a él encon­trar tra­bajo. Debe de ser que no sabe bus­car. Tiene que moverse más, patear las calles. Algo hay que hacer.

Su padre, por su parte, comienza a recor­dar vie­jos tiem­pos: recuerda las esca­se­ces de la pos­gue­rra, la cri­sis del feli­pismo, recuerda aquel 23% de paro de no hace muchos años. La reali­dad comienza a estre­charse como un embudo. Poco a poco, van que­dando menos opcio­nes. El banco embar­gará el piso si no pagan, y enton­ces lo per­de­rán todo, toda la revalorización.

Es el momento, enton­ces, de ven­der el zulito y dis­fru­tar de la reva­lo­ri­za­ción. Mien­tras tanto, vol­verá a vivir con ellos. Pepito en prin­ci­pio se niega, opina que si vende luego no podrá vol­ver a com­prar, los pisos subirán siem­pre. Su padre le res­ponde que él ha vivido muchas cosas ya. Pepito no quiere creerle. Su padre insiste en que tal vez ZP hará algo por ellos, una VPO. Al fin y al cabo, si Franco lo hizo, un líder socia­lista de buen talante como ZP no podría hacer menos. Pepito comienza a acep­tar que tal vez, en un futuro muy lejano, cuando la actual pros­pe­ri­dad de España sea his­to­ria, los pre­cios podrían tener un “ate­rri­zaje suave” y él com­prar otra vez. Lo impor­tante es que desde casa de sus padres podrá bus­car tra­bajo tran­qui­la­mente. Y ese dinero lo guar­dará en algún sitio seguro.

Des­pués de pasar una mala noche, con algu­nos remor­di­mien­tos, Pepito pone el car­tel de “Se Vende”. Hace unos días que el ojo izquierdo le par­pa­dea invo­lun­ta­ria­mente. Tam­bién nota un cierto ahogo cuando suena el telé­fono. Está espe­rando con­tra­tos, pero sólo lo lla­man del banco para pre­gun­tarle qué deci­sión ha tomado acerca de su refi­nan­cia­ción. De momento, seguirá pagando a 30 años, no hay mucho que refinanciar.

Cuando acaba de col­gar el car­tel, sale a la calle a mirar si se ve bien desde la acera. Ha ele­gido un modelo dife­rente al de sus veci­nos, para hacerlo des­ta­car. El suyo tiene un diseño inno­va­dor, de una empresa cata­lana, que se está forrando. Los car­te­li­tos de los pisos de al lado, en cam­bio, están ama­ri­llos y que­ma­dos por el sol. Está claro que su piso se ven­derá el primero.

Como lo com­pró por 200.000, le parece lógico pedir 250.000, teniendo en cuenta que hace ya un año y medio que se ha estado revalorizando.

Pasan las sema­nas, luego los meses, y los com­pra­do­res no apa­re­cen. Lo que sí que le apa­re­cen a Pepito son más arru­gas en la frente. A veces se mira en el espejo del cuarto de baño y nota que sus cabe­llos son más finos y esca­sos. El nudo en la gar­ganta que sen­tía al res­pon­der al telé­fono, ahora lo siente cada vez que pisa la calle. Hay algo que no mar­cha bien.

El del banco llama repe­ti­das veces. Se acu­mu­lan ya dos impa­gos y la situa­ción no es nada buena. Le avisa de que puede eje­cu­tar la hipo­teca. Pepito res­ponde que es cues­tión de tiempo, que la reva­lo­ri­za­ción lo pagará todo e incluso le dará bene­fi­cios. El del banco guarda silen­cio. Tiene algu­nas cifras que a Pepito no le gus­ta­rían pero decide callar de momento.

Pepito toma una deci­sión impor­tante: reba­jará 20.000 € el pre­cio. Cam­bia el car­tel, cam­bia los anun­cios en los perió­di­cos. Con­trata a una inmobiliaria.

La inmo­bi­lia­ria le ase­gura que no puede ven­der su zulito por encima de 210.000 €. Pepito se enfada y les cuelga. Han pasado tres meses y no ha reci­bido nin­guna oferta. En la tele­vi­sión se ve a ZP pro­me­tiendo más y más vivien­das a los jóve­nes. Es la cam­paña elec­to­ral de 2008. España tiene un mag­ní­fico futuro, ava­lado por las cifras de pros­pe­ri­dad y empleo.

Pepito no entiende nada. Sólo ha reci­bido dos ofer­tas de empleo por 600 € al mes. En su anti­gua car­pin­te­ría, han des­pe­dido a dos emplea­dos más.

Pepito decide lla­mar a otra inmo­bi­lia­ria y ven­der el piso por 210.000 €. Los ner­vios no le dejan ya dor­mir. Su jugada del piso tal vez no fue muy acer­tada. El de la inmo­bi­lia­ria le explica que las cosas andan mal y que se pre­pare para más reba­jas. Eso era lo último que que­ría oir, pero esta vez no se enfada.

En dos meses más, el banco está pre­pa­rado para eje­cu­tar la hipo­teca. Lla­man para infor­marle, con muy malos modos. El ban­quero ya no es tan amigo, de hecho ni le coge el telé­fono. En su lugar le han puesto a una espe­cie de cobra­dor del frac con una voz como de sepulturero.

Pepito llama todos los días a la inmo­bi­lia­ria. No hay nin­guna oferta. Decide al fin acep­tar el tra­bajo de 600 €. El único pro­blema es que deberá des­pla­zarse al otro lado de la ciu­dad cada mañana en auto­bús y comer fuera. Su madre se ofrece a hacerle bocadillos.

Pronto se tras­lada al piso de sus padres y avisa a la inmo­bi­lia­ria de que el piso ya no está en venta: está en subasta. El banco lo liqui­dará y con eso se can­ce­lará la hipo­teca. En el fondo, Pepito está ali­viado, será bueno qui­tarse el muerto de encima. Su aven­tura inmo­bi­lia­ria es una lec­ción que no olvidará.

En pocos días lo lla­man del banco: su piso se ha ven­dido por 80.000 €. La bur­buja está pin­chada, los pre­cios caen, están eje­cu­tando muchas hipo­te­cas, no se ha podido sacar más dinero. El ban­quero es por pri­mera vez sin­cero con Pepito. El pro­blema es que le ha fal­tado por decir una cosa: las cajas están tam­bién ame­na­za­das de quie­bra por los impagos.

Pepito pre­gunta qué va a pasar ahora. El ban­quero res­ponde que ahora no pasa nada, que su cuota a 30 años se reduce a tan sólo 662 €, que pagará más cómo­da­mente. Aun­que, si no paga, le embar­ga­rán su nómina, tal y como cons­taba en la letra pequeña del con­trato que firmó al hacerse con la hipo­teca. La madre de Pepito, enton­ces, pasa varios días llo­rando. La mujer está como enve­je­cida, con la piel muy arru­gada. Cuando Pepito va al lavabo, se encuen­tra un mon­tón de pelos suyos. Hace sema­nas que toma pas­ti­llas para dor­mir, pero aún así los com­ple­jos de culpa no lo dejan en paz. Está con­de­nado a pasar 30 años pagando 600 € al mes por abso­lu­ta­mente NADA. No habrá reva­lo­ri­za­ción, no podrá irse de alqui­ler, no habrá ascenso en el tra­bajo, no habrá una novia, tan sólo una pie­dra pesada atada al cue­llo, con la que ten­drá que vagar hasta los 60 años, a las puer­tas de la jubilación.

Enton­ces, pone la tele­vi­sión: des­pués de ZP pro­me­tiendo VPO apa­rece una breve noti­cia: Tri­chet vuelve a subir los tipos.

Vía Escolar.net


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