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Entender a las mujeres desde otro punto de vista

Martes 28 de noviembre de 2006 | Sin categoría | y nadie ha dicho nada

Segunda parte del exi­toso hit Enten­der a las muje­res.

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Esta vez se intenta expli­car, para los más duros, con este diver­tido cuento obra del siem­pre ins­pi­rado Gonzo.

SI un día nos levan­tá­ra­mos y en vez de poner­nos de pie e ir al cuarto de baño nos sen­tá­ra­mos en el borde de la cama durante un par de horas, cam­bia­ría­mos muchas cos­tum­bres de nues­tras vidas. Deja­ría­mos de ir a tra­ba­jar, son­rei­ría­mos al vecino y, entre otras cosas, deja­ría­mos de ir a las dis­co­te­cas para ligar.

Una dis­co­teca es un lugar lleno de humo y olor a sobaco en el que ponen música que jamás oirías si estu­vie­ras en tu casa y nadie te estu­viera apun­tando con un revól­ver. En la mayor parte de las oca­sio­nes entras en una por­que no queda otro sitio al que ir, y ade­más la rubia dijo que ella esta­ría allí. Te asfi­xias, sudas como un cerdo y te des­ga­ñi­tas gri­tán­dole a la rubia al oído. Varias horas des­pués refle­xio­nas en la sole­dad de tu habi­ta­ción para ter­mi­nar vol­viendo a picar al fin de semana siguiente. Es uno de esos círcu­los vicio­sos alta­mente frustrantes.

Hoy vamos a ver cómo puede uno dejar de pasear el pellejo por dis­co­te­cas y otros loca­les de mala muerte para inten­tar echar un polvo. Lo pri­mero es esco­ger el lugar. Debe tra­tarse de algún sitio en el que haya una gran can­ti­dad de muje­res por hec­tó­me­tro cua­drado. Ade­más, si puede ser, inten­ta­re­mos que estén lo más bue­nas posible.

El lec­tor avis­pado dirá que los ves­tua­rios feme­ni­nos sue­len estar veda­dos al público, y que no existe un lugar como el que des­cribo a menos que uno sea un terro­rista sui­cida de alguna de esas reli­gio­nes que cuando pro­me­ten tiran la casa por la ven­tana. Es cierto, no exis­ten los paraí­sos terre­na­les más allá de la man­sión Play­boy, pero hay cosas muy pare­ci­das que nos ven­drán al pelo. Los caza­do­res van al bos­que; noso­tros ire­mos a una tienda de ropa femenina.

Desde hace unos diez años pro­li­fe­ran en todos los paí­ses las tien­das de ropa feme­nina. Zara, H&M, PerryPunto&Confección… llá­malo como quie­ras, pero ase­gú­rate de que a tus ojos son vive­ros. En este tipo de tien­das no hay más que tías bue­nas. Doblan ropa, la com­pran, atien­den la caja, miran cin­tu­ro­nes y guan­tes… Un sábado por la tarde aque­llo es un ver­gel. Sacu­des una cor­tina y salen tres cier­vas en bragas.

A menos que seas un tipo atre­vido con trac­ción a las cua­tro rue­das y capaz de tra­ba­jar en cual­quier tipo de terreno, la reco­men­da­ción ini­cial es que te limi­tes a las ven­de­do­ras. Están igual de bue­nas que las clien­tas o más, pasan allí el día entero y ade­más no ten­drán nin­gún pro­blema en empe­zar una con­ver­sa­ción con­tigo. Vea­mos cuál sería el modus operandi.

Antes de salir de casa te vis­tes fas­hion. Ten en cuenta que vamos a tra­tar un género extre­ma­da­mente super­fi­cial, el tipo de per­sona que bási­ca­mente valora el exte­rior. Esto es algo que no debe preo­cu­parte por­que tú vas a hacer exac­ta­mente lo mismo. Ponte los pan­ta­lo­nes pirata o lo que sea que se lleva este año. Si tie­nes her­mana pídele que te ase­sore. Déjate barba de una semana, que la ton­te­ría del hom­bre metro­se­xual ya ha cadu­cado y ahora se vuelve a lle­var el seduc­tor peludo y seguro de sí mismo.

Entra en el H&M de tu barrio a gran­des pasos. Observa el asunto y dirí­gete a la zona en la que se encuen­tre el mate­rial que más te guste. Enta­bla con­tacto visual con el mate­rial pero no hables con él toda­vía; limí­tate a pasear tocán­dolo todo.

Tiene que pare­cer que sabes mucho de ropa. Haz lo que hacen las muje­res: des­cuelga todas las pren­das que vayan saliendo a tu paso, las des­do­blas, las miras con des­pre­cio y las dejas tira­das hechas una boñiga. No mires los pre­cios; para ti el dinero no es más que una moles­tia, un cas­tigo. Si des­pués de unos minu­tos la ven­de­dora no se acerca a ti, enton­ces comienza tú la aproximación.

Podrías decir que bus­cas cosas para ti; al fin y al cabo la mayor parte de estas tien­das tam­bién tiene sec­ción mas­cu­lina. Sin embargo esto ele­va­ría muy poco la ten­sión sexual en el ambiente. A las muje­res les gus­tan los líos. Un pobre capu­llo que va a com­prarse unos cal­zon­ci­llos no va a nin­guna parte, pero un pobre capu­llo que va a com­prar una cami­seta para su novia… ¡ah, eso ya es harina de otro cos­tal! Si tie­nes más de treinta, pue­des incluso tirarte el rollo y decir que bus­cas un cor­piño para tu mujer, que estáis pasando un bache y que inten­tas reavi­var la llama de la pasión. Pásate los dedos por esas sie­nes pla­tea­das. A estas altu­ras ella ya estará sali­vando ante la pers­pec­tiva de rom­per una rela­ción matri­mo­nial. Si ves que no reac­ciona, o si sim­ple­mente te vie­nes arriba durante la actua­ción, dile que se dé prisa que tie­nes que ir a reco­ger al crío de la fun­ción escolar.

Intenta agre­dirla con la mirada. Ella tiene que pen­sar que esta­ble­ciendo una rela­ción con­tigo se va a meter en un lío gordo. No inten­tes com­pren­derlo; la mayo­ría de las muje­res son así. Si ves que no cede dile que ayer le diste una paliza a tu hijo. Caerá ren­dida en tus for­ni­dos bra­zos de hijo de puta.

Elige un cor­piño, pellíz­cale el culo a la ven­de­dora y dirí­gete a la caja. A estas altu­ras ella tiene que salir corriendo detrás tuyo. Si no lo hiciera, gira sobre tus pasos, pídele el telé­fono y dale una bofe­tada. Paga y encién­dete un ciga­rro antes de salir de la tienda, aun­que no fumes. Escu­cha los aplau­sos del público cuando sal­gas por la puerta del establecimiento.

Si todo ha ido bien, en el plazo máximo de dos sema­nas debe­rías estar follando. Irás a su casa y te mete­rás en su cama, sin pro­le­gó­me­nos, sin tener que tomar los famo­sos siete cafés, que son malí­si­mos para el estó­mago. “Por fin la vida como debe­ría ser” —te dirás—, “¿cómo no se me había ocu­rrido antes?”.

Este estado de bue­na­ven­tu­ranza tiene una lon­gi­tud varia­ble, gene­ral­mente el tiempo que ella tarda en des­cu­brir que en reali­dad vives en casa de tus padres o que el crío de tres años con el que apa­re­ces los sába­dos por la tienda no es tu hijo sino tu primo. Si lo tuyo es el mundo de la farán­dula y el espec­táculo, es posi­ble que con­si­gas pro­lon­gar la situa­ción lo sufi­ciente como para que lle­gue el día en el que ella, ten­di­dos en la cama tras otra exte­nuante sesión de tan­tra, te pregunte:

—¿Cuándo te vas a divor­ciar, cari?

En reali­dad no se trata del fin, pero más vale que empie­ces a poner los hue­vos en otra cesta, lite­ra­ria­mente hablando. Le dirás que no pue­des dejar a tu señora (esa mujer a la que abra­zaste efu­si­va­mente por la calle y que era tu her­mana) y que qué iba a ser del chi­qui­llo (el hijo de la Paquita, al que sacas los sába­dos de paseo). Des­pués llo­ra­rás des­con­so­lado, En menos de treinta minu­tos esta­rás echando otro polvo y pre­gun­tán­dote qué cojo­nes hacías arras­trando el pellejo en alcohol por las dis­co­te­cas y por qué no te comías un rosco.

Fácil: tú eras un gili­po­llas; ellas venían bus­cando un cabrón.

Vía El Sen­tido de la Vida


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