Libro: La invención de Morel

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De quién es

  • Título La inven­ción de Morel
  • Autor Adolfo Bioy Casares
  • Edi­to­rial Libro electrónico
  • ISBN No aplica
  • Número de pági­nas No aplica

Enla­ces

De qué va

El fugi­tivo comienza un dia­rio luego de que turis­tas lle­gan a la isla desierta en la cual él se esconde. Aun­que él con­si­dera esta pre­sen­cia un mila­gro, el tiene temor que ellos lo pue­dan atra­par y entre­garlo a las auto­ri­da­des. Se refu­gia en los pan­ta­nos cuando ellos ocu­pan el museo que se encuen­tra en la cima de la colina, que era el sitio en el cual el vivió hasta enton­ces. A tra­vés del dia­rio des­cu­bri­mos que el fugi­tivo es un escri­tor vene­zo­lano sen­ten­ciado a reclu­sión per­pe­tua. Él cree que se encuen­tra en la isla (ima­gi­na­ria) de Villings, parte del archi­pié­lago de islas Ellice (actual­mente Tuvalu), aun­que no está seguro. Todo lo que sabe a cien­cia cierta es que en la isla existe una extraña enfer­me­dad cuyos sín­to­mas son simi­la­res a los del enve­ne­na­miento por radia­ción.
Entre los turis­tas se encuen­tra una mujer que observa el atar­de­cer todos los días desde el acan­ti­lado en el oeste de la isla. Él la espía y ter­mina enamo­rán­dose de ella. Ella y otro hom­bre, un tenista con barba lla­mado Morel quien la visita con fre­cuen­cia, hablan en fran­cés entre ellos. Morel la llama a ella Faus­tine. El fugi­tivo decide tomar con­tacto con ella, pero ella no reac­ciona ante su pre­sen­cia. Él supone que ella ha deci­dido igno­rarlo, pero sus encuen­tros con los otros turis­tas son simi­la­res. Nadie en la isla toma nota de él. Él men­ciona que las con­ver­sa­cio­nes entre Faus­tine y Morel se repi­ten semana tras semana y tiene miedo de estar vol­vién­dose loco.
En forma tan repen­tina como apa­re­cie­ron los turis­tas des­a­pa­re­cen. El fugi­tivo regresa al museo e inves­tiga y no encuen­tra evi­den­cia de que allí hayan vivido per­so­nas durante su ausen­cia. Atri­buye toda la expe­rien­cia a una alu­ci­na­ción pro­du­cida por enve­ne­na­miento de la comida, pero los turis­tas reapa­re­cen esa noche. Ellos sur­gen de la nada, sin embargo con­ver­san como si hubie­ran estado allí por cierto tiempo. Los observa desde cerca pero toda­via evita tener un con­tacto directo y nota otras cosas extra­ñas. En el acua­rio encuen­tra copias idén­ti­cas de los peces muer­tos que habia encon­trado el día de su lle­gada. Durante un día en la pis­cina, ve a los turis­tas dando sal­ti­tos para entrar en calor cuando en reali­dad el calor es inso­por­ta­ble. Lo mas extraño que le sucede es cuando observa en el cielo la pre­sen­cia de dos soles y dos lunas.

Como está

Es un clá­sico así que muy mala no puede ser. Bor­ges dice de ella en el pró­logo que es per­fecta pero tam­poco hay que pasarse. Es un obra emi­nen­te­mente inte­lec­tual llena pero llena de metá­fo­ras que hay que saber ver y valo­rar, así el libro se valora más.
El narra­dor está con­fuso la mayor parte de la novela y esa con­fu­sión la tras­mite muy bien al lec­tor. Con­forme la trama va avan­zando y el narra­dor va viendo más cosas tam­bién se aclara mucho para el lec­tor que la puede seguir con un inte­rés cre­ciendo. Intere­sante lo es mucho pero, qui­zás, sólo para pala­da­res exqui­si­tos.
Los para­le­lis­mos con la isla de Lost son inne­ga­bles y, dado que es un clá­sico, no es des­ca­be­llado pen­sar que los guio­nis­tas cogie­ron cosas de esta obra.

Pun­tua­ción 7

Los libros más vendidos de la historia

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Según un artículo de la wiki­pe­dia estos son los libros más ven­di­dos de la historia.

  1. Drá­cula
  2. Don Qui­jote de la Mancha
  3. Romeo y Julieta
  4. Los Tres Mosqueteros
  5. Robin­son Crusoe
  6. Bha­ga­vad Gita
  7. Rama­yana
  8. Mahab­ha­rata
  9. Libro de Ora­ción Común
  10. El pro­greso del peregrino

Sor­pren­den (aun­que no tanto) tan­tos libros indios en la lista y esa última novela de la que no había oído hablar.

Vía Wiki­pe­dia

Eppur si muove

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Desde hace ya apro­xi­ma­da­mente treinta años, los físi­cos andan revo­lu­cio­na­dos con la teo­ría de cuer­das; lo que sería un modelo fun­da­men­tal de la física, la idea que todo lo explica. El santo grial. La pana­cea. Esta teo­ría afirma que todas las par­tí­cu­las son en reali­dad expre­sio­nes de un objeto básico uni­di­men­sio­nal exten­dido que recibe el nom­bre de “cuerda”. En mi limi­tado enten­der, creo que com­prendo el motivo de tanta revo­lu­ción. Lo que de ver­dad quiero ver son las caras de estos físi­cos cuando, en diez o veinte años, com­ple­ten el puzzle y se den cuenta de que no son cuer­das; son pelos de chocho.

Yo debía de tener siete u ocho años y sin embargo lo recuerdo como si hubiera sido hace un cuarto de hora y se hubiera tra­tado de una expe­rien­cia pró­xima a la muerte. De seme­jante manera quedó aquel suceso gra­bado a fuego en mi memoria.

Estaba solo en casa. Mi padre debía de estar haciendo gar­ban­zos y mi madre com­prán­do­los en el super­mer­cado, así que yo corre­teaba por casa en modo explo­ra­dor. Sin saber muy bien por qué, lle­gué a la habi­ta­ción de mis padres.

El dor­mi­to­rio era amplio. En un lado esta­ban los apa­re­jos clá­si­cos de dor­mir, mien­tras que en el otro mi pro­ge­ni­tor se había habi­li­tado un rincón-despacho en el que tenía una gran mesa y una enorme estan­te­ría de madera negra. Me puse a rebus­car entre los tras­tos que allí había.

Mi padre tuvo una época en la que se interesó por la foto­gra­fía eró­tica. Supongo que por eso siem­pre quise foto­gra­fiar mode­los. En una estan­te­ría de casa toda­vía con­serva algu­nas revis­tas de esa época. Vein­ti­cinco años antes, aque­lla soli­ta­ria mañana, des­licé mis púbe­res dedos sobre aquel mate­rial con la curio­si­dad de la infan­cia y extraje una de aque­llas revis­tas. Toda­vía recuerdo la por­tada como si la tuviera delante.

Era una revista fran­cesa. “Photo”, rezaba el título en enor­mes mayús­cu­las ama­ri­llas de can­tos agu­dos. La sati­nada por­tada mos­traba en su parte infe­rior a una cha­vala que, ima­gino que untada en aceite, tomaba el sol tum­bada en una hamaca frente a la cris­ta­lina pis­cina de lo que bien podría ser una villa fran­cesa. La chica lucía unas enor­mes cotu­fas que, ungi­das en algo vis­coso, relu­cían ful­gu­ran­tes como dos fla­nes pues­tos al sol. Y de repente me sucedió.

Aquel pin­gajo de carne que me ser­vía para mear, aque­llo que me dife­ren­ciaba de mi her­mana, se había puesto tenso como un cable de acero, duro como la porra del poli­cía anti­dis­tur­bios que se hunde en la carne del mani­fes­tante gor­din­flón. Sos­te­niendo la revista con la mano dere­cha, usé la izquierda para bajarme los cal­zon­ci­llos y obser­var con más deta­lle lo que me estaba pasando. Miré unos momen­tos y des­pués, con el pul­gar, empujé la punta hacia abajo. Mi tenso pene­ci­llo se escu­rrió bajo el dedo y vol­vió a apun­tar al techo como un resorte. Enton­ces empezó a doler.

Mi cono­ci­miento del dolor hasta aque­llos ins­tan­tes de mi vida era limi­tado. Si cuando nací me dolió, lo cierto es que no lo recuerdo. Unos años des­pués había des­cu­bierto el asma y me habían estado pin­chando durante meses en días alter­nos. Si aque­llo había dolido, era ape­nas una cari­cia com­pa­rado con lo que estaba expe­ri­men­tando en aquel momento. Era como si me hubie­ran prac­ti­cado un segundo agu­jero del culo cinco cen­tí­me­tros más ade­lante y me hubie­ran enchu­fado un tubo conec­tado a una bomba de suc­ción que hubie­ran puesto en fun­cio­na­miento a diez atmós­fe­ras. Todas mis tri­pas, desde los intes­ti­nos a los pul­mo­nes, y tam­bién todos aque­llos órga­nos que toda­vía des­co­no­cía, eran suc­cio­na­dos hacia abajo con una fuerza que ni siquiera había sido capaz de con­ce­bir antes. El cere­bro estaba atas­cado a la altura del cue­llo. Era como si un agu­jero negro se hubiera abierto detrás de mis tes­tícu­los y todas las tri­pas qui­sie­ran pre­ci­pi­tarse a su inte­rior, con el evi­dente males­tar que algo así puede supo­ner. Era como si por aquel agu­jero de otra dimen­sión se hubie­ran intro­du­cido unas manos invi­si­bles que me afe­rra­ban el inte­rior y ame­na­za­ban con lle­vár­selo a otra parte a cual­quier pre­cio. Yo no podía hacer nada. Estaba inde­fenso, inerme. El dolor era sordo. Intenso. Amargo. Incesante.

Una fuerza.

Y allí estaba yo, de pie en el dor­mi­to­rio de mis padres, con aque­lla revista entre las manos. Las pier­nas tem­blo­ro­sas, mi ojos de tierno infante cla­va­dos en aque­llos enor­mes fla­nes expues­tos al sol. Era inca­paz de moverme, ate­na­zado por un dolor des­co­no­cido y para­li­zante que ema­naba de mi inte­rior sin nin­gún tipo de razón aparente.

Des­pués de un inter­mi­na­ble e infer­nal minuto, al fin pude recu­pe­rar la movi­li­dad. Dejé la revista en su sitio y corrí asus­tado a mi cuarto. Estaba sor­pren­dido, estaba con­fuso, estaba amargo como una de esas almen­dras que salen chungas.

Había ido al jar­dín de infan­cia. Lle­vaba ya varios años de edu­ca­ción esco­lar. Me habían ense­ñado a leer y me habían ense­ñado álge­bra básica, pero nadie me había avi­sado de aque­llo. Nadie me había hablado de aque­lla fuerza des­co­no­cida que había sur­gido de mi inte­rior. Nadie me había pre­ve­nido de aquel des­co­mu­nal dolor. Des­pués me rompí un brazo. Años des­pués tuve la rubeola y me recuerdo tirado en el patio con la sen­sa­ción de tener la cabeza enca­jada en una prensa hidráu­lica. Tanto en el resto de mi infan­cia como en la ado­les­cen­cia tuve la oca­sión de expe­ri­men­tar pro­fu­sa­mente el dolor físico, pero nunca volví a sen­tir nada como lo de aque­lla mañana. Se lo puedo ase­gu­rar. Des­ga­rra­dor es la pri­mera pala­bra que me viene a la mente.

La mente. La mente aso­cia cosas. Ese es su tra­bajo. A con B; este estí­mulo con esta reac­ción; dos más dos cua­tro. Eso es lo que hace. En eso con­siste su poten­cial. Peras y man­za­nas, sillas y mesas. Recuer­dos. Lo junta todo. Le da igual. Junta imá­ge­nes del pasado en un momento sin impor­tarle que estén sepa­ra­das vein­ti­cinco años.

Ella y yo cami­ná­ba­mos por un puente. Igual que recuerdo las mayús­cu­las ama­ri­llas de can­tos agu­dos y los fla­nes al sol, recuerdo mi plu­mí­fero rojo, su abrigo verde, mis botas sobre el asfalto gris como el cielo, el frío del carajo, las vigas de acero con rema­ches de cabeza redon­deada, la esta­ción de tre­nes a la izquierda, el río des­li­zán­dose desde la dere­cha hacia la esta­ción de tre­nes, la corriente tan lenta que pare­cía que estaba parada, la foto que había hecho dos minu­tos antes, su sem­blante serio, los coches en dos direc­cio­nes, el viento cor­tante, el ham­bre que tenía, lo amargo que me sen­tía, los pája­ros en el aire, las manos en los bolsillos.

Nos cono­cía­mos de hacía poco. Todo había empe­zado como en un sueño y des­pués, en algún impre­ciso momento, se había pre­ci­pi­tado con­tra el suelo hacién­dose añi­cos como una casa de muñe­cas que cae desde un noveno piso. Un muro invi­si­ble se estaba levan­tando entre noso­tros. Cada vez follá­ba­mos menos. Cada día me sen­tía peor que el anterior.

No recuerdo por qué le conté la his­to­ria. Supongo que sería chan­taje emo­cio­nal, como diría ella. La mente aso­cia; eso es lo que hace. El incons­ciente opera ince­san­te­mente. El Tyler que todos lle­va­mos den­tro, ese pasa­jero oscuro y des­co­no­cido, hace sumas y res­tas sin parar, mueve hilos, traza pla­nes y pone bom­bas, te lleva por cami­nos que des­co­no­ces. Y lo acepto. No lo hagas y verás lo que te pasa.

El caso es que, mien­tras cru­zá­ba­mos el puente en aquel gélido día gris de mierda por muchas razo­nes, le conté lo que me había suce­dido vein­ti­cinco años antes. La soli­ta­ria mañana de explo­ra­ción infan­til, la revista, las letras ama­ri­llas de can­tos agu­dos, los fla­nes al sol. Tra­taba de expli­carle lo que nos pasa a los hom­bres con el sexo. Aque­lla fuerza des­co­no­cida incluso para noso­tros, capaz de ate­na­zar­nos, de para­li­zar­nos, de con­ver­tir­nos en gili­po­llas per­di­dos en el momento más impre­visto. A medida que se suce­dían las pala­bras, empecé a revi­vir con inten­si­dad todo aque­llo. El dolor, la angus­tia, el segundo agu­jero en el culo y la bomba de suc­ción a diez atmós­fe­ras, la amar­gura en las tri­pas, el agu­jero negro y las manos de otra dimen­sión que te pren­den los intes­ti­nos para lle­vár­se­los a un lugar que ni siquiera existe. La pará­li­sis, la amar­gura de la almen­dra chunga.

Hay una fuerza.

A medida que revi­vía todo aque­llo, las sen­sa­cio­nes y emo­cio­nes se refle­ja­ron en mi ros­tro. Mi cuerpo se encorvó. Mi cara se con­vir­tió en la de alguien que está chu­pando un limón, en una mueca gro­tesca mez­cla de sor­presa, con­fu­sión e inde­fen­sión. La voz me tem­blaba. Estaba, como se suele decir común­mente, hecho una mierda. El sabor de la almen­dra chunga había ter­mi­nado por impreg­nar cada una de mis célu­las. Enton­ces ella me inte­rrum­pió. Dijo, concretamente:

—¡Estás dra­ma­ti­zando!

Alguna vez antes me habían dado una bofe­tada con dos pala­bras, incluso con menos. Alguna vez incluso me habían dado una bofe­tada sin pala­bras. Me sentí como si me hubie­ran des­per­tado de un sueño, como si me hubie­ran tirado un cubo de agua por encima. Le estaba con­tando uno de los epi­so­dios más secre­tos y agó­ni­cos de mi vida y ahora resul­taba que estaba dra­ma­ti­zando. Había, sin duda, que joderse.

Como si mis sen­ti­mien­tos fue­ran ropa sucia, hice una bola y seguí cami­nando. Con razón me ha cos­tado tanto tiempo encon­trar­los entre tanta camisa con chu­rri­to­nes y tanto cal­ce­tín sudado. Seguí cami­nando con el puente, con el río, con los pája­ros, con el día gris de mierda y con el frío del carajo. No hay tarea más vana en la vida, no hay empresa más futil, no hay expec­ta­tiva más irreal, no hay esfuerzo más jodido y amargo, que el de inten­tar que alguien te entienda.

Los fran­ce­ses tie­nen una frase: “espí­ritu de esca­lera”. En fran­cés, “esprit de l’escalier”. Se refiere a ese momento en que uno encuen­tra la res­puesta pero ya es dema­siado tarde. Diga­mos que usted está en una fiesta y alguien le insulta. Bajo pre­sión, con todos mirando, usted se queda mudo o dice algo tonto. Pero cuando se va de la fiesta, cuando baja la esca­lera, enton­ces… la magia. A usted se le ocu­rre la frase per­fecta que debe­ría haber dicho. Ese es el espí­ritu de la escalera.

A veces el espí­ritu de la esca­lera tarda más de diez minu­tos en apa­re­cer. Más de diez horas. Más de diez días. A veces tarda meses. Y no siem­pre es tan mágico. A menudo, aun des­pués de espe­rar tanto tiempo, el espí­ritu de la esca­lera apa­rece para susu­rrar algo cha­ba­cano, algo rudi­men­ta­rio, algo ni mucho menos bri­llante. Pero des­pués de tanto tiempo, por fin sé lo que le debe­ría haber dicho, esa secuen­cia ideal, esa frase per­fecta. Hubiera sido algo así:

—¿Dra­ma­ti­zando?, ¿dra­ma­ti­zando? Qué cojo­nes, que­rida amiga, sabrás tú.

Lo sé, lo sé. Tiene poco lus­tre. No es nada bri­llante. No pasará a la his­to­ria ni la impri­mi­rán en tinta elec­tró­nica los libros de texto del futuro. Si alguna vez un astro­nauta pone un pie en Marte ni siquiera dirá “Qué cojo­nes sabrás tú”. Pero refleja bien lo que sentí en aque­llos momen­tos, y resume de manera cer­tera lo que quiero trans­mi­tir ahora, por vano que sea el intento. El men­saje, que tam­poco es bri­llante, viene a ser algo así:

Para hablar de pollas, pri­mero hay que tener una”

Yo la tengo, por ben­di­ción por cas­tigo, y si quie­res apren­der algo al res­pecto, escu­cha. Ni tengo la ver­dad abso­luta ni lo pre­tendo. Sim­ple­mente siento cosas y tengo la capa­ci­dad de con­tarlo. Si alguna vez te interesa saber lo que es tener un pene entre las pier­nas, escu­cha. Si no, evita juz­gar y sigue tu camino. Hay campo para todos.

He cono­cido algu­nas muje­res en mi vida. Muchas o pocas, siem­pre depende de cómo se mire y quién lo haga. De todas ellas, a una le tengo espe­cial cariño. Y es curioso. No le tengo ese enorme apre­cio por­que me tra­tara como a un rey, ni por­que se esfor­zara en ponerme la alfom­bra roja cada día y a menudo lo con­si­guiera, ni por­que cui­dara de mí como lo hizo, ni por­que me diera todo el sexo que podía nece­si­tar. Le tengo espe­cial cariño por­que me escu­chó, por­que mos­tró inte­rés por lo que con­taba. Por­que me prestó aten­ción, por­que trató de com­pren­derme. De ahí, curio­sa­mente, nace la mayor parte de mi cariño hacia ella.

No digo que sea fácil enten­derme. No es fácil com­pren­der a nadie, y pro­ba­ble­mente enten­derme a mí sea algo más com­plejo de lo habi­tual. No suelo hablar de fút­bol. A ella le costó seis meses empe­zar a unir pun­tos y hacerse una idea de mí y de mis his­to­rias, pero desde el prin­ci­pio puso inte­rés. Me tomó en serio, y creo que no se puede hacer nada más mara­vi­lloso por nadie. No sé si alguna vez nos lle­ga­re­mos a enten­der com­ple­ta­mente. Des­pués de todo es una tarea esté­ril y yo cada vez opto por tomarme menos en serio a mí mismo. Pero ella hizo el esfuerzo y es lo que, a día de hoy, más le agra­dezco y apre­cio. Supongo que es por eso que apren­de­mos tanto cada vez que habla­mos. Todo un ejem­plo para mí.

Woody Allen dijo:

Hay dos cosas impor­tan­tes en la vida: una es el sexo, y la otra no me acuerdo”

David DeAn­gelo dijo:

Quiero que veas el mundo como una gigan­tesca danza de apa­rea­miento. Quiero que te pon­gas esas gafas y empie­ces a obser­var a tra­vés de ellas, y quiero que empie­ces a sacar con­clu­sio­nes a par­tir de ahí”

Freud dijo:

Hay dos cosas que mue­ven a la huma­ni­dad: una es el sexo, y la otra las ansias de grandeza”

Yo, qué quie­ren que les diga, es cuando miro el mundo desde esa pers­pec­tiva cuando me enca­jan el mayor número de pie­zas, cuando todo este asunto de la vida adquiere un poco de sen­tido. Quizá sea dema­siado sen­ci­llo, y quizá sea poco ele­gante. Quizá sea incluso triste. Nadie nos dijo nunca que la ver­dad nos fuera a gustar.

Hace cosa de un año estaba sen­tado al sol con mi padre. Tenía­mos pen­sado ir al cine por la tarde. Había­mos comido y en aque­llos momen­tos nos había­mos ter­mi­nado los cafés en una terraza y andá­ba­mos tra­se­gando una copa de coñac cada uno. Se estaba muy bien. Mi padre decía:

—Hay un momento en la vida en que el impulso sexual al fin remite, y es un ali­vio. Yo no entiendo a la gente que toma Via­gra para que se le ponga gorda, para cum­plir con la mujer, para seguir siendo hom­bres, para poder con­tarlo a los ami­gos. Es todo lo con­tra­rio; se trata de una liberación.

Ojalá un día todos los hijos del mundo pue­dan tener un padre como el mío. Las cosas irían mejor. Soy un tipo con mucha suerte.

Una libe­ra­ción, vaya que sí. Entendí a mi padre como sólo desde hace unos años le puedo enten­der. Supongo que por­que hago el esfuerzo, por­que escu­cho. En algún sitio lo he apren­dido. Una libe­ra­ción. Con razón los mon­jes tibe­ta­nos, desa­pe­ga­dos de todo, lucen una son­risa per­ma­nente en el ros­tro. El mero hecho de desa­pe­garse del sexo ya debe de ser un subidón. Con mi men­ta­li­dad moderna siem­pre tiendo a bus­car la vía rápida, y hay días en que me entran ganas de cor­tár­mela, tirarla por la ven­tana y olvi­darme del asunto para siempre.

La teo­ría de la gran uni­fi­ca­ción de la física, la lla­mada teo­ría de cuer­das, intenta unir en un único marco teó­rico las inter­ac­cio­nes nuclear fuerte y nuclear débil, y la fuerza elec­tro­mag­né­tica. Esta teo­ría de campo uni­fi­cado se halla toda­vía en pro­ceso de ser com­pro­bada. La teo­ría del todo es otra teo­ría de campo uni­fi­cado que pre­tende pro­por­cio­nar una des­crip­ción uni­fi­cada de estas fuer­zas fundamentales.

Cuando uno lo piensa bien, en el Uni­verso no hay más que cosas que, o bien se atraen o bien se repe­len. Todo se puede resu­mir en una fuerza que cam­bia de sen­tido. A mí, qué quiere que le diga, des­pués de darle tanta caña al coli­sio­na­dor de hadro­nes, des­pués de tanto tute al famoso LHC, des­pués de tanta ave­ría y tanta repuesta en mar­cha, no me extra­ña­ría nada que al final se encuen­tren con que el bosón de Higgs no es más que un pelo de figa. La reali­dad es vir­tual y vivi­mos en el gran coño del Uni­verso. Menuda cara se nos va a que­dar a todos.

Y eso es, ni más ni menos, en mis bur­dos y tor­pes tér­mi­nos, lo que tra­taba de expli­carle aque­lla mañana sobre el puente gris en un día gris de mierda y con un frío del carajo. Hay una enorme fuerza que no sé si lo expli­cará todo, pero explica muchas cosas. Yo la he sen­tido, y es terri­ble. Demoledora.

Hay una fuerza que explica los celos, los odios, que jus­ti­fica la mal­dad, que hace subir y bajar bol­sas, que lanza ejér­ci­tos a la bata­lla, que pro­voca gue­rras, que deja mise­ria a su paso, que hace que los ríos se lle­nen de mierda y los niños se mue­ran de ham­bre al sol. Si eres una mujer, hay una fuerza que explica por qué los tíos te miran por la calle, por qué te dicen piro­pos, por qué se ofre­cen a lle­varte en coche, por qué te lle­van a cenar, por qué te hacen rega­los, por qué lle­vas la vida que lle­vas, por qué te per­mi­tes hacer la mayor parte de las cosas que te per­mi­tes hacer. Explica por qué te gus­tan las pul­se­ras, los pen­dien­tes, los colla­res y los ani­llos; por qué te gus­tan los zapa­tos y ponerte escote; por qué envi­dias las tetas más gran­des que las tuyas y por qué tar­das una hora en salir del baño. Esa fuerza te define a un nivel más básico del que te ima­gi­nas; mol­dea tu ego feme­nino y te dice quién crees que eres. Es impo­si­ble que te expli­ques a ti misma sin estos núme­ros, sin estas fór­mu­las. Buena suerte. Pocos hom­bres se moles­ta­rán en ponerte los apun­tes encima de la mesa por­que les viene muy mal para sus pla­nes. Y a este paso, pocos hom­bres lo vol­ve­rán a hacer.

Hay una fuerza que no expli­can los libros de texto ni los que repo­san en las estan­te­rías. Ni siquiera se ve, sino que se siente. Aun­que puede que alguien lo haya expre­sado antes en estos tér­mi­nos, nunca lo he leído por ahí. Y me parece fun­da­men­tal ser cons­ciente de esta fuerza, cono­cerla, acep­tarla, enten­derla y mane­jarla. A estas altu­ras de la vida sé poco del amor, pala­bra y con­cepto piso­teado, denos­tado y vapu­leado una y otra vez. Pero si bus­cas al menos un rayo del mismo, te con­viene saber de esta fuerza para ser capaz de sepa­rar el grano de la paja. La mayor parte de la gente habla de amor cuando quiere decir sexo. Con­funde actos de amor con mani­fes­ta­cio­nes de esta fuerza. Ambas cosas tie­nen, en mi modesta opi­nión, poco que ver. En el fondo, muy en el fondo, todos lo sabe­mos. Otra cosa es que lo que­ra­mos aceptar.

Todo cam­bio de para­digma es siem­pre, por defi­ni­ción, dolo­roso. Nos iden­ti­fi­ca­mos con nues­tra visión del mundo, con nues­tras creen­cias y con nues­tras ideas y, cuando alguien las sacude, nos sen­ti­mos ata­ca­dos y reac­cio­na­mos a la defensiva.

Un día todos creía­mos que la tie­rra era el cen­tro del Uni­verso y que los pla­ne­tas e incluso el sol daban vuel­tas alre­de­dor de la misma. Y al día siguiente apa­rece Gali­leo y dice que no, que la tie­rra no es el cen­tro de nada y que damos vuel­tas alre­de­dor del sol.

—¡Estás dra­ma­ti­zando! —le debie­ron de decir. Seguro.

No me extraña que el tipo, hoguera arriba hoguera abajo, afir­mando y retrac­tando, al final se girara y les dijera: “Eppur si mouve” (Y sin embargo se mueve). Sería el espí­ritu de la escalera.

Otro día la tie­rra dejó de girar alre­de­dor del sol para girar alre­de­dor de nues­tros ombli­gos, pero esa es otra his­to­ria y deberá ser con­tada en otro momento.

Y al fin, otro día, Eins­tein se pre­sentó en público para decir que la pro­pia geo­me­tría del espacio-tiempo se ve afec­tada por la pre­sen­cia de materia.

—¡Estás dra­ma­ti­zando! —le dijeron.

—Po fale —contestó.

Hay una fuerza, yo la he expe­ri­men­tado. No me hacen falta ins­tru­men­tos ni medi­das. No nece­sito núme­ros ni fór­mu­las. No nece­sito el método cien­tí­fico ni el cer­ti­fi­cado de nadie. La he sen­tido, y lo sigo haciendo. Y es demo­le­dora. Buena suerte si bus­cas a alguien que te hable de ella.

—¡Estás dra­ma­ti­zando!

Po fale.

Eppur si mouve.

Vía El Sen­tido de la Vida

Así deberíamos vender libros

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Si sois al menos de mi gene­ra­ción, no hace falta con­ta­ros la his­to­ria de terror sobre los sopor­tes obso­le­tos. Por vues­tras manos habrán pasado vini­los, case­tes, cin­tas Beta, cin­tas VHS, CDs, DVDs, MP3, SDs, Blue Rays… Y, con pocas excep­cio­nes, el for­mato que se podía usar de forma domés­tica siem­pre era de cali­dad infe­rior al original.

En el caso de los libros, el más­ter es el archivo digi­tal. El libro impreso sólo fun­ciona en el con­texto y las cir­cuns­tan­cias para las que fue hecho. Si quie­res leerlo en un soporte dife­rente (bol­si­llo, erea­der) o en unas dimen­sio­nes dife­ren­tes (pro­ble­mas de vista, con­fe­ren­cias) o inte­grarlo en un sis­tema dife­rente (brai­lle, audio­book, bus­ca­dor de texto, hiper­víncu­los), ten­drás que com­prar un nuevo vol­cado del más­ter, si lo hay, que cum­pla los requisitos.

Enton­ces es cuando viene el pro­blema: el nuevo vol­cado no se vende a pre­cio de coste. Por algún motivo, te obli­gan a pagar de nuevo a los crea­do­res del original.

Hasta hace un tiempo, las copias que se ven­dían eran en gene­ral el mejor vol­cado que era comer­cial­mente via­ble: libros de bol­si­llo por la movi­li­dad y el bajo coste y los de tapas duras por el tamaño y la dura­bi­li­dad. En con­se­cuen­cia, el lec­tor sen­tía que estaba pagando por la forma más prác­tica de acce­der al original.

Luego, cuando llega un nuevo soporte de mayor fide­li­dad, apa­re­cen por arte de magia nue­vos dere­chos. Sin embargo, en el pre­cio de un libro edi­tado en el siglo XX ya se había pro­yec­tado sufra­gar la crea­ción del ori­gi­nal con los dere­chos en papel. Es decir, al lec­tor que com­pró una copia en papel ya se le hizo pagar su parte. Quien comer­cia­liza el ori­gi­nal no tiene real­mente un dere­cho moral a cobrar una segunda vez por un con­cepto que en su día fue amortizado.

Lo cual me lleva a la cues­tión sobre la que que­ría hablar. Hoy en día se ven­den libros en for­ma­tos digi­ta­les de los cua­les se puede deri­var cual­quier otro. Un ebook sin DRM se puede usar en el móvil, en un erea­der, en una pan­ta­lla, puede ser leído por un sin­te­ti­za­dor de voz, se puede impri­mir en papel con tinta o en Brai­lle, se puede con­ver­tir en una página HTML, se puede bus­car, edi­tar, recor­tar, reor­ga­ni­zar. En con­se­cuen­cia, una vez se vende el ebook, se debe­rían haber amor­ti­zado todas esas posi­bi­li­da­des. No cabe, por tanto, que­rer cobrar dere­chos de crea­ción por cada ver­sión imaginable.

Supon­ga­mos que me hacen caso y en vez de ven­der libros de forma indi­vi­dual, como si la gente viviera ais­lada del resto del mundo, se ven­den al pre­cio abso­luto. Una vez se ha amor­ti­zado la crea­ción del ori­gi­nal (el archivo digi­tal), cual­quier vol­cado debe­ría ven­derse a pre­cio de coste. El pre­cio de coste incluye la maque­ta­ción de un libro impreso o la gra­ba­ción de un audio­book, pero no dere­chos de autor por el tra­bajo original.

Por ejem­plo, un autor a jor­nada com­pleta dedica un año a escri­bir una novela decente y libera el archivo digi­tal por 30.000€. Luego decide auto­edi­tar una ver­sión en rús­tica y dedica 35 horas al diseño y la maque­ta­ción. A con­ti­nua­ción libera igual­mente el archivo digi­tal de ese vol­cado (un PDF, pro­ba­ble­mente), sólo por el coste adi­cio­nal de la edi­ción, diga­mos, unos 500–1.000€. O quizá, teniendo en cuenta que el valor es pequeño com­pa­rado con el del ori­gi­nal, lo libera como obse­quio para los lectores.

El pro­pio autor puede subirlo a varios ser­vi­cios de impre­sión por demanda, aun­que los usua­rios son libres de tomar el PDF y usar cual­quier otro que les parezca con­ve­niente. A la hora de com­prar el ejem­plar, el lec­tor ya sólo paga los cos­tes de imprenta, que, a dife­ren­cia de la parte crea­tiva, sí que están rela­cio­na­dos con la fabri­ca­ción de cada uni­dad. El autor sólo pre­senta al ISBN y el Depó­sito Legal el ori­gi­nal y el PDF, no el vol­cado en papel, que es una impre­sión sin pago de dere­chos de autor orde­nada por el lec­tor para su uso privado.

¿Todo esto tiene alguna pega? Sí: es vir­tual­mente impo­si­ble hacerse millo­na­rio con un par de libros. Pero para los lec­to­res es una ven­taja más que un inconveniente.

Vía Fran Onta­naya

Literatura: Una breve historia de casi todo

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De quién es

  • Título Una breve his­to­ria de casi todo
  • Autor Bill Bryson
  • Edi­to­rial Pla­neta RBA Bolsillo
  • ISBN 84–7871-175–9
  • Número de pági­nas 511

Enla­ces

De qué va

Bill Bry­son se des­cribe como un via­jero renuente, pero ni siquiera cuando está en su casa, en la segu­ri­dad de su estu­dio, puede con­te­ner esa curio­si­dad que siente por el mundo que le rodea. En Una breve his­to­ria de casi todo intenta enten­der qué ocu­rrió entre la Gran Explo­sión y el sur­gi­miento de la civi­li­za­ción, cómo pasa­mos de la nada a lo ahora somos.

Como está

Es un fan­tás­tico libro de divul­ga­ción que va reco­rriendo todas las áreas del cono­ci­miento de la natu­ra­leza y con­tando quién han sido sus impul­so­res y como hicie­ron sus des­cu­bri­mien­tos. De camino va con­tando curio­si­da­des sobre las mate­rias que está tra­tando.
Es muy ameno y diver­tido y se lee con gran faci­li­dad. Lo más intere­sante es cono­cer el con­texto en el que se hicie­ron los gran­des des­cu­bri­mien­tos cien­tí­fi­cos y como vivían las per­so­nas que lo hicie­ron. Va de más a menos, o eso me pare­ció a mi pero no deja de ser un mag­ní­fico libro y lec­tura muy recomendable.

Pun­tua­ción 7

El sentido de la vida

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Hay gente que escribe cosas en Inter­net y gente que escribe cosas en Inter­net. Unas cosas no son igual que otras cosas. Entre la gente que escribe bien en Inter­net y que me gusta (lo pri­mero es con­di­ción nece­sa­ria pero no sufi­ciente) están: Her­nan Cas­ciari, Jose A. Pérez, Kike Fer­nán­dez o Javier Malonda.

Hoy nos para­re­mos en este último. En vez de glo­sar su obra voy a ape­lar a su inte­li­gen­cia, que­rido lec­tor, y extrac­tar algu­nas fra­ses de su última publi­ca­ción y ya uste­des me dicen. Todo sacado de contexto :) :

  • hablá­ba­mos de lo de siem­pre: de muje­res y de sexo”
  • —El cho­chito —dijo len­ta­mente—, menudo invento.”
  • Me pre­gunté si Sócra­tes y Pla­tón tam­bién habla­ban de esas cosas.”
  • Todos que­re­mos follar más y el mundo “nos lo niega””
  • Ellas tie­nen tetas y cho­chi­tos, y sin embargo noso­tros los sen­ti­mos como nuestros.”
  • Y luego dicen que no se puede mez­clar el tocino con la velo­ci­dad ni los coños con la metafísica.”
  • Aque­llo no era Casino Royale ni le sir­vie­ron un Mar­tini agi­tado, pero en esos momen­tos el Juli era lo más pare­cido a Bond que había en nues­tras vidas.”
  • Me di cuenta de que mi vida sexual hasta el momento había venido regada por alcohol para ali­men­tar la cal­dera del valor”
  • Era, como todas las cosas en mi vida, per­fecta si se veía desde fuera.”
  • Me di cuenta de que estaba pagando muchas cuen­tas que no eran mías.”
  • me movía por la vida deseando que todas fue­ran feli­ces sin pen­sar en mí en absoluto.”
  • Todos sabe­mos cuál es la mejor ali­nea­ción para la selec­ción nacio­nal, pero nadie quiere la res­pon­sa­bi­li­dad de sen­tarse en el banquillo.”
  • Todos sabe­mos cuál es la mejor ali­nea­ción para la selec­ción nacio­nal, pero nadie quiere la res­pon­sa­bi­li­dad de sen­tarse en el banquillo.”
  • Los gari­tos son ahora esce­na­rios en los que se desa­rro­lla un pes­ti­lente drama en el que uno no sabe si zam­bu­llirse de cabeza o vomitar.”
  • Cami­nar. Es lo que hay que hacer. Y por el camino follar mucho.”

Lean más si les ha gus­tado tanto como a mi.

Vía El Sen­tido de la Vida

Pues a mí me gusta

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Yo tengo un pro­blema cuando hablo de lite­ra­tura con los demás: tengo tan poca inte­li­gen­cia social que me empeño en decir lo que pienso. Y eso tiene un efecto muy nega­tivo en el que lo escu­cha, que siem­pre per­cibe que hay cierto aire de supe­rio­ri­dad en el tipo de afir­ma­cio­nes que hago. Nada más lejos de mi inten­ción. Sin embargo, yo escu­cho cons­tan­te­mente este mismo tipo de ase­ve­ra­cio­nes de sus labios sin que sien­tan el más mínimo remor­di­miento cuando las expresan.

Voy a expli­carme un poco más.

Con­ti­nue reading

Literatura: El caballero de la armadura oxidada

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El caballero de la armadura oxidada

El pro­ta­go­nista, un caba­llero des­lum­brado por el bri­llo de su pro­pia arma­dura, a pesar de ser bueno, gene­roso y amo­roso, no con­si­gue com­pren­der y valo­rar con pro­fun­di­dad lo que tiene, des­cui­dando sin que­rer las cosas y las per­so­nas que lo rodean. Su arma­dura se va oxi­dando hasta que deja de bri­llar y, cuando se da cuenta, ya no puede qui­tár­sela. Pri­sio­nero de si mismo, emprende enton­ces un viaje al final del cual, gra­cias a diver­sos per­so­na­jes, logra des­ha­cerse de la arma­dura que le había impo­si­bi­li­tado abrirse al mundo.

Es un corto libro en forma de cuento adulto que se ha hecho muy famoso por la moda de la auto­ayuda o la auto­mo­ti­va­ción, lite­ra­tura de la que no soy el mayor fan pero que ahí está. El libro tiene algu­nas incohe­ren­cias y, a veces, se hace un poco pesado, a pesar de su bre­ve­dad pero, sin embargo, la idea que intenta incul­car en el lec­tor me ha gus­tado mucho.

Dicha idea, lejos de las de corte obvio que sue­len tener estos libros, es polé­mica, cuanto menos: se debe acep­tar las cosas (quie­nes somos, que hace­mos, como es el mundo,…) y no espe­rar que sean dis­tin­tas e inten­tar cambiarlas/mejorarlas.
Pese a que a alguien le pueda pare­cer con­for­mista y poca ambi­ciosa esta idea y mi me gusta por­que me parece que es una fuente de feli­ci­dad. La vida es dema­siado corta y los deseos una fuente de inquie­tud cons­tante, si apren­de­mos a acep­tar y acep­tar­nos pasa­re­mos en mejor equi­li­brio por este mundo y nada nos pare­cerá tan malo.

Amén.

Literatura: Numerología

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numerologia

Una amiga a la que apre­cio (aun­que a veces no lo parezca) me dejó un pequeño tra­tado sobre nume­ro­lo­gía.

En el texto se pre­tende esta­ble­cer un vínculo entre nues­tra forma de ser y un número en sis­tema deci­mal que se cal­cula sumando todas la cifras de nues­tro día, mes y año de naci­miento hasta que quede una sola cifra. No se expli­caba la razón de este cálculo, ni la elec­ción del sis­tema deci­mal ni el calen­da­rio gre­go­riano para rea­li­zarlo pero supongo que alguna razón de ser tendrá.

La teo­ría es que cuando nace­mos por pri­mera vez y nos sepa­ra­mos del todo (o la nada que son con­cep­tos simi­la­res) somos un número 1 y, en suce­si­vas reen­car­na­cio­nes, vamos subiendo de número o evo­lu­cio­nando hasta lle­gar al 9 cuando vol­ve­mos a unir­nos al todo (o la nada).

El número que me corres­pon­día era el 3 pero yo me sentí más iden­ti­fi­cado con el 2. Me espe­raba una des­crip­ción de cada número muy gene­ral y fácil de enca­jar con cual­quiera como sue­len ser los tra­ta­dos zodia­ca­les pero la ver­dad es que la mayo­ría de las ideas que lanza son muy duras y se te hace difí­cil iden­ti­fi­carte. Des­pués de leer todos los núme­ros, no te ape­tece ser nin­guno.

Durante la lec­tura se pasa de la curio­si­dad por saber las carac­te­rís­ti­cas de cada número y de cal­cu­lar si las per­so­nas que cono­ces enca­jan en sus núme­ros a un cierto tedio por­que la estruc­tura de cada número se repite y se repite y se repite y son 9 veces.

Como curio­si­dad tiene su gracia.

La nume­ro­lo­gía es un con­junto de creen­cias o tra­di­cio­nes que esta­ble­cen una rela­ción mís­tica entre los núme­ros y los seres vivos junto con las fuer­zas físi­cas. Fue popu­lar entre los pri­me­ros mate­má­ti­cos, pero no se la con­si­dera ya dis­ci­plina mate­má­tica. La mayo­ría de cien­tí­fi­cos actual­mente con­cuer­dan en afir­mar que la nume­ro­lo­gía es una pseu­do­cien­cia, al igual que la astro­lo­gía con res­pecto a la astro­no­mía (…) . Sin embargo, la mayo­ría de los segui­do­res de estas corrien­tes no pre­ten­den ele­var­las a la cate­go­ría de cien­cia, a dife­ren­cia de las pseu­do­cien­cias que sí recla­man tal categoría.

(Vía Wiki­pe­dia)

30 años de Fray Perico y su borrico

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Se cum­plen 30 años de la publi­ca­ción de Fray Perico y su borrico, un fan­tás­tico libro infan­til que fue con el que yo me ini­cie en el mundo de la lectura.

Y hasta ahora.

Es un libro de humor con muchos mati­ces para ser infan­til. Cada fraile tiene un nom­bre a cuál más gra­cioso, al estilo de Los Pitu­fos. Fray Perico es un pedazo de pan, inocente y bona­chón y de ahí vie­nen todas las situa­cio­nes humo­rís­ti­cas. Estaba ins­pi­rado en San Fran­cisco de Asís con su amor por los ani­ma­les y todo. Se hicie­ron seis con­ti­nua­cio­nes pero no eran lo mismo.

Con motivo del aniver­sa­rio le han hecho una entre­vista al autor, Juan Muñoz Mar­tín, que dice que no se hizo rico a pesar el éxito del libro.
Recuerdo que en aque­lla época me pare­cía que Juan Muñoz era el mejor escri­tor que leía por­que el resto de auto­res que leía no me lle­ga­ban con tanta fuerza.

Hoy en día, los niños se ini­cian en la lite­ra­tura con Harry Pot­ter y espero que le ten­gan tanto cariño den­tro de un tiempo al mago como yo a este fraile.

Juan Muñoz

Literatura: El primer trago de cerveza y otros pequeños placeres de la vida

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primer trago

De quién es

  • Título El pri­mer trago de cer­veza y otros peque­ños pla­ce­res de la vida
  • Autor Phi­lippe Delerm
  • Edi­to­rial Tusquets
  • Colec­ción Fábula
  • Pági­nas 103
  • For­mato Bolsillo
  • Tra­duc­ción Javier Albiñana

Enla­ces

De qué va

El pri­mer trago de cer­veza es la narra­ción breve, exqui­sita, de esas situa­cio­nes, comu­nes a todos, que, en los tiem­pos aje­trea­dos en que vivi­mos, se des­li­zan sin que les pres­te­mos aten­ción y que, en cam­bio, encie­rran el ger­men del buen vivir. A Phi­lippe Delerm, al pare­cer, no se le escapa una sola opor­tu­ni­dad de apro­ve­char esos momen­tos, y al hacerlo, incita al lec­tor a reco­no­cer en sí mismo cuá­les son sus pro­pios ins­tan­tes de gozo. Si, por ejem­plo, en una lumi­nosa y fría mañana de invierno, a alguien le llena de pla­cer salir a com­prar crois­sants recién hechos, es muy pro­ba­ble que otros des­cu­bran que, en cam­bio, con lo que más dis­fru­tan es con «el inde­cente pla­cer de sabo­rear un banana-split». ¡Tan­tos ins­tan­tes, tan­tas peque­ñas his­to­rias, tan­tos minúscu­los pla­ce­res, al alcance de todos y que, sin embargo, nos pare­cen tan ajenos!

Como está

Es un libro que pre­tende exal­tar esos peque­ños pla­ce­res dia­rios que nos regala la vida todos los días. Peca de ser un poco loca­lista. Un jer­sey en otoño o leer en la playa o el cine se entiende bien en España pero el croi­sant de la acera, los lukums de las tien­das árabes o la cinta mecá­nica de la esta­ción de metro de Mont­par­nasse no sabe­mos lo que es.
Es un libo agra­da­ble de leer, sin mayor tras­cen­den­cia y que nos saca un poco del sitio cuando habla de los pla­ce­res que nos son desconocidos.

Pun­tua­ción 5

Literatura: El librero de la Atlántida

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Portada del libro

De quién es

  • Título El librero de la Atlántida
  • Autor Manuel Pimentel
  • Edi­to­rial Almuzara
  • ISBN 84–96710-02–5
  • Número de pági­nas 395

Enla­ces

De qué va

Ale­jan­dro, un tímido librero de Cádiz, sólo tiene por amigo a un viejo mari­nero, el Cor­cho, que cuenta leyen­das de anti­guas ciu­da­des sumer­gi­das mien­tras bebe en las taber­nas de la Caleta gadi­tana. Un estu­dio cien­tí­fico, que ase­gura que se ave­cina una nueva gla­cia­ción y que des­monta la común creen­cia del calen­ta­miento glo­bal, modi­fica los pla­nes de expan­sión de una impor­tante empresa cons­truc­tora, desatando una gue­rra por acu­mu­lar suelo. Mien­tras, la natu­ra­leza parece enco­le­ri­zada con los hom­bres que la gol­pean. Y, como telón de fondo, el mito de la más grande, pode­rosa y mágica de todas las civilizaciones.

Como está

Novela que sigue la senda de sacar a luz mis­te­rios his­tó­ri­cos al estilo de El Código Da Vinci o La her­man­dad de la sábana santa pero con tema anda­luz. Da la impre­sión de que el escri­tor es novel por­que la novela da una de cal y otra de arena. Tiene hallazgo impor­tan­tes como la sub­trama de la Atlán­tida donde anti­guos per­so­na­jes van des­ve­lando poco a poco qué es lo que le pasó a la civi­li­za­ción junto con cosas de novato como la poca con­sis­ten­cia a veces de la his­to­ria y el hecho de que toda la novela se esté pre­pa­rando algo que cuando pasa no es para tanto. De todas for­mas se lee fácil y es entretenida.

Pun­tua­ción 6

Book­trai­ler

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