Libro: La invención de Morel

De quién es

  • Título La invención de Morel
  • Autor Adolfo Bioy Casares
  • Edi­to­rial Libro electrónico
  • ISBN No aplica
  • Número de pági­nas No aplica

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De qué va

El fugitivo comienza un diario luego de que turistas llegan a la isla desierta en la cual él se esconde. Aunque él considera esta presencia un milagro, el tiene temor que ellos lo puedan atrapar y entregarlo a las autoridades. Se refugia en los pantanos cuando ellos ocupan el museo que se encuentra en la cima de la colina, que era el sitio en el cual el vivió hasta entonces. A través del diario descubrimos que el fugitivo es un escritor venezolano sentenciado a reclusión perpetua. Él cree que se encuentra en la isla (imaginaria) de Villings, parte del archipiélago de islas Ellice (actualmente Tuvalu), aunque no está seguro. Todo lo que sabe a ciencia cierta es que en la isla existe una extraña enfermedad cuyos síntomas son similares a los del envenenamiento por radiación.
Entre los turistas se encuentra una mujer que observa el atardecer todos los días desde el acantilado en el oeste de la isla. Él la espía y termina enamorándose de ella. Ella y otro hombre, un tenista con barba llamado Morel quien la visita con frecuencia, hablan en francés entre ellos. Morel la llama a ella Faustine. El fugitivo decide tomar contacto con ella, pero ella no reacciona ante su presencia. Él supone que ella ha decidido ignorarlo, pero sus encuentros con los otros turistas son similares. Nadie en la isla toma nota de él. Él menciona que las conversaciones entre Faustine y Morel se repiten semana tras semana y tiene miedo de estar volviéndose loco.
En forma tan repentina como aparecieron los turistas desaparecen. El fugitivo regresa al museo e investiga y no encuentra evidencia de que allí hayan vivido personas durante su ausencia. Atribuye toda la experiencia a una alucinación producida por envenenamiento de la comida, pero los turistas reaparecen esa noche. Ellos surgen de la nada, sin embargo conversan como si hubieran estado allí por cierto tiempo. Los observa desde cerca pero todavia evita tener un contacto directo y nota otras cosas extrañas. En el acuario encuentra copias idénticas de los peces muertos que habia encontrado el día de su llegada. Durante un día en la piscina, ve a los turistas dando saltitos para entrar en calor cuando en realidad el calor es insoportable. Lo mas extraño que le sucede es cuando observa en el cielo la presencia de dos soles y dos lunas.

Como está

Es un clásico así que muy mala no puede ser. Borges dice de ella en el prólogo que es perfecta pero tampoco hay que pasarse. Es un obra eminentemente intelectual llena pero llena de metáforas que hay que saber ver y valorar, así el libro se valora más.
El narrador está confuso la mayor parte de la novela y esa confusión la trasmite muy bien al lector. Conforme la trama va avanzando y el narrador va viendo más cosas también se aclara mucho para el lector que la puede seguir con un interés creciendo. Interesante lo es mucho pero, quizás, sólo para paladares exquisitos.
Los paralelismos con la isla de Lost son innegables y, dado que es un clásico, no es descabellado pensar que los guionistas cogieron cosas de esta obra.

Puntuación 7

Los libros más vendidos de la historia

Según un artículo de la wikipedia estos son los libros más vendidos de la historia.

  1. Drácula
  2. Don Quijote de la Mancha
  3. Romeo y Julieta
  4. Los Tres Mosqueteros
  5. Robinson Crusoe
  6. Bhagavad Gita
  7. Ramayana
  8. Mahabharata
  9. Libro de Oración Común
  10. El progreso del peregrino

Sorprenden (aunque no tanto) tantos libros indios en la lista y esa última novela de la que no había oído hablar.

Vía Wikipedia

Eppur si muove

Desde hace ya aproximadamente treinta años, los físicos andan revolucionados con la teoría de cuerdas; lo que sería un modelo fundamental de la física, la idea que todo lo explica. El santo grial. La panacea. Esta teoría afirma que todas las partículas son en realidad expresiones de un objeto básico unidimensional extendido que recibe el nombre de “cuerda”. En mi limitado entender, creo que comprendo el motivo de tanta revolución. Lo que de verdad quiero ver son las caras de estos físicos cuando, en diez o veinte años, completen el puzzle y se den cuenta de que no son cuerdas; son pelos de chocho.

Yo debía de tener siete u ocho años y sin embargo lo recuerdo como si hubiera sido hace un cuarto de hora y se hubiera tratado de una experiencia próxima a la muerte. De semejante manera quedó aquel suceso grabado a fuego en mi memoria.

Estaba solo en casa. Mi padre debía de estar haciendo garbanzos y mi madre comprándolos en el supermercado, así que yo correteaba por casa en modo explorador. Sin saber muy bien por qué, llegué a la habitación de mis padres.

El dormitorio era amplio. En un lado estaban los aparejos clásicos de dormir, mientras que en el otro mi progenitor se había habilitado un rincón-despacho en el que tenía una gran mesa y una enorme estantería de madera negra. Me puse a rebuscar entre los trastos que allí había.

Mi padre tuvo una época en la que se interesó por la fotografía erótica. Supongo que por eso siempre quise fotografiar modelos. En una estantería de casa todavía conserva algunas revistas de esa época. Veinticinco años antes, aquella solitaria mañana, deslicé mis púberes dedos sobre aquel material con la curiosidad de la infancia y extraje una de aquellas revistas. Todavía recuerdo la portada como si la tuviera delante.

Era una revista francesa. “Photo”, rezaba el título en enormes mayúsculas amarillas de cantos agudos. La satinada portada mostraba en su parte inferior a una chavala que, imagino que untada en aceite, tomaba el sol tumbada en una hamaca frente a la cristalina piscina de lo que bien podría ser una villa francesa. La chica lucía unas enormes cotufas que, ungidas en algo viscoso, relucían fulgurantes como dos flanes puestos al sol. Y de repente me sucedió.

Aquel pingajo de carne que me servía para mear, aquello que me diferenciaba de mi hermana, se había puesto tenso como un cable de acero, duro como la porra del policía antidisturbios que se hunde en la carne del manifestante gordinflón. Sosteniendo la revista con la mano derecha, usé la izquierda para bajarme los calzoncillos y observar con más detalle lo que me estaba pasando. Miré unos momentos y después, con el pulgar, empujé la punta hacia abajo. Mi tenso penecillo se escurrió bajo el dedo y volvió a apuntar al techo como un resorte. Entonces empezó a doler.

Mi conocimiento del dolor hasta aquellos instantes de mi vida era limitado. Si cuando nací me dolió, lo cierto es que no lo recuerdo. Unos años después había descubierto el asma y me habían estado pinchando durante meses en días alternos. Si aquello había dolido, era apenas una caricia comparado con lo que estaba experimentando en aquel momento. Era como si me hubieran practicado un segundo agujero del culo cinco centímetros más adelante y me hubieran enchufado un tubo conectado a una bomba de succión que hubieran puesto en funcionamiento a diez atmósferas. Todas mis tripas, desde los intestinos a los pulmones, y también todos aquellos órganos que todavía desconocía, eran succionados hacia abajo con una fuerza que ni siquiera había sido capaz de concebir antes. El cerebro estaba atascado a la altura del cuello. Era como si un agujero negro se hubiera abierto detrás de mis testículos y todas las tripas quisieran precipitarse a su interior, con el evidente malestar que algo así puede suponer. Era como si por aquel agujero de otra dimensión se hubieran introducido unas manos invisibles que me aferraban el interior y amenazaban con llevárselo a otra parte a cualquier precio. Yo no podía hacer nada. Estaba indefenso, inerme. El dolor era sordo. Intenso. Amargo. Incesante.

Una fuerza.

Y allí estaba yo, de pie en el dormitorio de mis padres, con aquella revista entre las manos. Las piernas temblorosas, mi ojos de tierno infante clavados en aquellos enormes flanes expuestos al sol. Era incapaz de moverme, atenazado por un dolor desconocido y paralizante que emanaba de mi interior sin ningún tipo de razón aparente.

Después de un interminable e infernal minuto, al fin pude recuperar la movilidad. Dejé la revista en su sitio y corrí asustado a mi cuarto. Estaba sorprendido, estaba confuso, estaba amargo como una de esas almendras que salen chungas.

Había ido al jardín de infancia. Llevaba ya varios años de educación escolar. Me habían enseñado a leer y me habían enseñado álgebra básica, pero nadie me había avisado de aquello. Nadie me había hablado de aquella fuerza desconocida que había surgido de mi interior. Nadie me había prevenido de aquel descomunal dolor. Después me rompí un brazo. Años después tuve la rubeola y me recuerdo tirado en el patio con la sensación de tener la cabeza encajada en una prensa hidráulica. Tanto en el resto de mi infancia como en la adolescencia tuve la ocasión de experimentar profusamente el dolor físico, pero nunca volví a sentir nada como lo de aquella mañana. Se lo puedo asegurar. Desgarrador es la primera palabra que me viene a la mente.

La mente. La mente asocia cosas. Ese es su trabajo. A con B; este estímulo con esta reacción; dos más dos cuatro. Eso es lo que hace. En eso consiste su potencial. Peras y manzanas, sillas y mesas. Recuerdos. Lo junta todo. Le da igual. Junta imágenes del pasado en un momento sin importarle que estén separadas veinticinco años.

Ella y yo caminábamos por un puente. Igual que recuerdo las mayúsculas amarillas de cantos agudos y los flanes al sol, recuerdo mi plumífero rojo, su abrigo verde, mis botas sobre el asfalto gris como el cielo, el frío del carajo, las vigas de acero con remaches de cabeza redondeada, la estación de trenes a la izquierda, el río deslizándose desde la derecha hacia la estación de trenes, la corriente tan lenta que parecía que estaba parada, la foto que había hecho dos minutos antes, su semblante serio, los coches en dos direcciones, el viento cortante, el hambre que tenía, lo amargo que me sentía, los pájaros en el aire, las manos en los bolsillos.

Nos conocíamos de hacía poco. Todo había empezado como en un sueño y después, en algún impreciso momento, se había precipitado contra el suelo haciéndose añicos como una casa de muñecas que cae desde un noveno piso. Un muro invisible se estaba levantando entre nosotros. Cada vez follábamos menos. Cada día me sentía peor que el anterior.

No recuerdo por qué le conté la historia. Supongo que sería chantaje emocional, como diría ella. La mente asocia; eso es lo que hace. El inconsciente opera incesantemente. El Tyler que todos llevamos dentro, ese pasajero oscuro y desconocido, hace sumas y restas sin parar, mueve hilos, traza planes y pone bombas, te lleva por caminos que desconoces. Y lo acepto. No lo hagas y verás lo que te pasa.

El caso es que, mientras cruzábamos el puente en aquel gélido día gris de mierda por muchas razones, le conté lo que me había sucedido veinticinco años antes. La solitaria mañana de exploración infantil, la revista, las letras amarillas de cantos agudos, los flanes al sol. Trataba de explicarle lo que nos pasa a los hombres con el sexo. Aquella fuerza desconocida incluso para nosotros, capaz de atenazarnos, de paralizarnos, de convertirnos en gilipollas perdidos en el momento más imprevisto. A medida que se sucedían las palabras, empecé a revivir con intensidad todo aquello. El dolor, la angustia, el segundo agujero en el culo y la bomba de succión a diez atmósferas, la amargura en las tripas, el agujero negro y las manos de otra dimensión que te prenden los intestinos para llevárselos a un lugar que ni siquiera existe. La parálisis, la amargura de la almendra chunga.

Hay una fuerza.

A medida que revivía todo aquello, las sensaciones y emociones se reflejaron en mi rostro. Mi cuerpo se encorvó. Mi cara se convirtió en la de alguien que está chupando un limón, en una mueca grotesca mezcla de sorpresa, confusión e indefensión. La voz me temblaba. Estaba, como se suele decir comúnmente, hecho una mierda. El sabor de la almendra chunga había terminado por impregnar cada una de mis células. Entonces ella me interrumpió. Dijo, concretamente:

—¡Estás dramatizando!

Alguna vez antes me habían dado una bofetada con dos palabras, incluso con menos. Alguna vez incluso me habían dado una bofetada sin palabras. Me sentí como si me hubieran despertado de un sueño, como si me hubieran tirado un cubo de agua por encima. Le estaba contando uno de los episodios más secretos y agónicos de mi vida y ahora resultaba que estaba dramatizando. Había, sin duda, que joderse.

Como si mis sentimientos fueran ropa sucia, hice una bola y seguí caminando. Con razón me ha costado tanto tiempo encontrarlos entre tanta camisa con churritones y tanto calcetín sudado. Seguí caminando con el puente, con el río, con los pájaros, con el día gris de mierda y con el frío del carajo. No hay tarea más vana en la vida, no hay empresa más futil, no hay expectativa más irreal, no hay esfuerzo más jodido y amargo, que el de intentar que alguien te entienda.

Los franceses tienen una frase: “espíritu de escalera”. En francés, “esprit de l’escalier”. Se refiere a ese momento en que uno encuentra la respuesta pero ya es demasiado tarde. Digamos que usted está en una fiesta y alguien le insulta. Bajo presión, con todos mirando, usted se queda mudo o dice algo tonto. Pero cuando se va de la fiesta, cuando baja la escalera, entonces… la magia. A usted se le ocurre la frase perfecta que debería haber dicho. Ese es el espíritu de la escalera.

A veces el espíritu de la escalera tarda más de diez minutos en aparecer. Más de diez horas. Más de diez días. A veces tarda meses. Y no siempre es tan mágico. A menudo, aun después de esperar tanto tiempo, el espíritu de la escalera aparece para susurrar algo chabacano, algo rudimentario, algo ni mucho menos brillante. Pero después de tanto tiempo, por fin sé lo que le debería haber dicho, esa secuencia ideal, esa frase perfecta. Hubiera sido algo así:

—¿Dramatizando?, ¿dramatizando? Qué cojones, querida amiga, sabrás tú.

Lo sé, lo sé. Tiene poco lustre. No es nada brillante. No pasará a la historia ni la imprimirán en tinta electrónica los libros de texto del futuro. Si alguna vez un astronauta pone un pie en Marte ni siquiera dirá “Qué cojones sabrás tú”. Pero refleja bien lo que sentí en aquellos momentos, y resume de manera certera lo que quiero transmitir ahora, por vano que sea el intento. El mensaje, que tampoco es brillante, viene a ser algo así:

“Para hablar de pollas, primero hay que tener una”

Yo la tengo, por bendición por castigo, y si quieres aprender algo al respecto, escucha. Ni tengo la verdad absoluta ni lo pretendo. Simplemente siento cosas y tengo la capacidad de contarlo. Si alguna vez te interesa saber lo que es tener un pene entre las piernas, escucha. Si no, evita juzgar y sigue tu camino. Hay campo para todos.

He conocido algunas mujeres en mi vida. Muchas o pocas, siempre depende de cómo se mire y quién lo haga. De todas ellas, a una le tengo especial cariño. Y es curioso. No le tengo ese enorme aprecio porque me tratara como a un rey, ni porque se esforzara en ponerme la alfombra roja cada día y a menudo lo consiguiera, ni porque cuidara de mí como lo hizo, ni porque me diera todo el sexo que podía necesitar. Le tengo especial cariño porque me escuchó, porque mostró interés por lo que contaba. Porque me prestó atención, porque trató de comprenderme. De ahí, curiosamente, nace la mayor parte de mi cariño hacia ella.

No digo que sea fácil entenderme. No es fácil comprender a nadie, y probablemente entenderme a mí sea algo más complejo de lo habitual. No suelo hablar de fútbol. A ella le costó seis meses empezar a unir puntos y hacerse una idea de mí y de mis historias, pero desde el principio puso interés. Me tomó en serio, y creo que no se puede hacer nada más maravilloso por nadie. No sé si alguna vez nos llegaremos a entender completamente. Después de todo es una tarea estéril y yo cada vez opto por tomarme menos en serio a mí mismo. Pero ella hizo el esfuerzo y es lo que, a día de hoy, más le agradezco y aprecio. Supongo que es por eso que aprendemos tanto cada vez que hablamos. Todo un ejemplo para mí.

Woody Allen dijo:

“Hay dos cosas importantes en la vida: una es el sexo, y la otra no me acuerdo”

David DeAngelo dijo:

“Quiero que veas el mundo como una gigantesca danza de apareamiento. Quiero que te pongas esas gafas y empieces a observar a través de ellas, y quiero que empieces a sacar conclusiones a partir de ahí”

Freud dijo:

“Hay dos cosas que mueven a la humanidad: una es el sexo, y la otra las ansias de grandeza”

Yo, qué quieren que les diga, es cuando miro el mundo desde esa perspectiva cuando me encajan el mayor número de piezas, cuando todo este asunto de la vida adquiere un poco de sentido. Quizá sea demasiado sencillo, y quizá sea poco elegante. Quizá sea incluso triste. Nadie nos dijo nunca que la verdad nos fuera a gustar.

Hace cosa de un año estaba sentado al sol con mi padre. Teníamos pensado ir al cine por la tarde. Habíamos comido y en aquellos momentos nos habíamos terminado los cafés en una terraza y andábamos trasegando una copa de coñac cada uno. Se estaba muy bien. Mi padre decía:

—Hay un momento en la vida en que el impulso sexual al fin remite, y es un alivio. Yo no entiendo a la gente que toma Viagra para que se le ponga gorda, para cumplir con la mujer, para seguir siendo hombres, para poder contarlo a los amigos. Es todo lo contrario; se trata de una liberación.

Ojalá un día todos los hijos del mundo puedan tener un padre como el mío. Las cosas irían mejor. Soy un tipo con mucha suerte.

Una liberación, vaya que sí. Entendí a mi padre como sólo desde hace unos años le puedo entender. Supongo que porque hago el esfuerzo, porque escucho. En algún sitio lo he aprendido. Una liberación. Con razón los monjes tibetanos, desapegados de todo, lucen una sonrisa permanente en el rostro. El mero hecho de desapegarse del sexo ya debe de ser un subidón. Con mi mentalidad moderna siempre tiendo a buscar la vía rápida, y hay días en que me entran ganas de cortármela, tirarla por la ventana y olvidarme del asunto para siempre.

La teoría de la gran unificación de la física, la llamada teoría de cuerdas, intenta unir en un único marco teórico las interacciones nuclear fuerte y nuclear débil, y la fuerza electromagnética. Esta teoría de campo unificado se halla todavía en proceso de ser comprobada. La teoría del todo es otra teoría de campo unificado que pretende proporcionar una descripción unificada de estas fuerzas fundamentales.

Cuando uno lo piensa bien, en el Universo no hay más que cosas que, o bien se atraen o bien se repelen. Todo se puede resumir en una fuerza que cambia de sentido. A mí, qué quiere que le diga, después de darle tanta caña al colisionador de hadrones, después de tanto tute al famoso LHC, después de tanta avería y tanta repuesta en marcha, no me extrañaría nada que al final se encuentren con que el bosón de Higgs no es más que un pelo de figa. La realidad es virtual y vivimos en el gran coño del Universo. Menuda cara se nos va a quedar a todos.

Y eso es, ni más ni menos, en mis burdos y torpes términos, lo que trataba de explicarle aquella mañana sobre el puente gris en un día gris de mierda y con un frío del carajo. Hay una enorme fuerza que no sé si lo explicará todo, pero explica muchas cosas. Yo la he sentido, y es terrible. Demoledora.

Hay una fuerza que explica los celos, los odios, que justifica la maldad, que hace subir y bajar bolsas, que lanza ejércitos a la batalla, que provoca guerras, que deja miseria a su paso, que hace que los ríos se llenen de mierda y los niños se mueran de hambre al sol. Si eres una mujer, hay una fuerza que explica por qué los tíos te miran por la calle, por qué te dicen piropos, por qué se ofrecen a llevarte en coche, por qué te llevan a cenar, por qué te hacen regalos, por qué llevas la vida que llevas, por qué te permites hacer la mayor parte de las cosas que te permites hacer. Explica por qué te gustan las pulseras, los pendientes, los collares y los anillos; por qué te gustan los zapatos y ponerte escote; por qué envidias las tetas más grandes que las tuyas y por qué tardas una hora en salir del baño. Esa fuerza te define a un nivel más básico del que te imaginas; moldea tu ego femenino y te dice quién crees que eres. Es imposible que te expliques a ti misma sin estos números, sin estas fórmulas. Buena suerte. Pocos hombres se molestarán en ponerte los apuntes encima de la mesa porque les viene muy mal para sus planes. Y a este paso, pocos hombres lo volverán a hacer.

Hay una fuerza que no explican los libros de texto ni los que reposan en las estanterías. Ni siquiera se ve, sino que se siente. Aunque puede que alguien lo haya expresado antes en estos términos, nunca lo he leído por ahí. Y me parece fundamental ser consciente de esta fuerza, conocerla, aceptarla, entenderla y manejarla. A estas alturas de la vida sé poco del amor, palabra y concepto pisoteado, denostado y vapuleado una y otra vez. Pero si buscas al menos un rayo del mismo, te conviene saber de esta fuerza para ser capaz de separar el grano de la paja. La mayor parte de la gente habla de amor cuando quiere decir sexo. Confunde actos de amor con manifestaciones de esta fuerza. Ambas cosas tienen, en mi modesta opinión, poco que ver. En el fondo, muy en el fondo, todos lo sabemos. Otra cosa es que lo queramos aceptar.

Todo cambio de paradigma es siempre, por definición, doloroso. Nos identificamos con nuestra visión del mundo, con nuestras creencias y con nuestras ideas y, cuando alguien las sacude, nos sentimos atacados y reaccionamos a la defensiva.

Un día todos creíamos que la tierra era el centro del Universo y que los planetas e incluso el sol daban vueltas alrededor de la misma. Y al día siguiente aparece Galileo y dice que no, que la tierra no es el centro de nada y que damos vueltas alrededor del sol.

—¡Estás dramatizando! —le debieron de decir. Seguro.

No me extraña que el tipo, hoguera arriba hoguera abajo, afirmando y retractando, al final se girara y les dijera: “Eppur si mouve” (Y sin embargo se mueve). Sería el espíritu de la escalera.

Otro día la tierra dejó de girar alrededor del sol para girar alrededor de nuestros ombligos, pero esa es otra historia y deberá ser contada en otro momento.

Y al fin, otro día, Einstein se presentó en público para decir que la propia geometría del espacio-tiempo se ve afectada por la presencia de materia.

—¡Estás dramatizando! —le dijeron.

—Po fale —contestó.

Hay una fuerza, yo la he experimentado. No me hacen falta instrumentos ni medidas. No necesito números ni fórmulas. No necesito el método científico ni el certificado de nadie. La he sentido, y lo sigo haciendo. Y es demoledora. Buena suerte si buscas a alguien que te hable de ella.

—¡Estás dramatizando!

Po fale.

Eppur si mouve.

Vía El Sentido de la Vida

Así deberíamos vender libros

Si sois al menos de mi generación, no hace falta contaros la historia de terror sobre los soportes obsoletos. Por vuestras manos habrán pasado vinilos, casetes, cintas Beta, cintas VHS, CDs, DVDs, MP3, SDs, Blue Rays… Y, con pocas excepciones, el formato que se podía usar de forma doméstica siempre era de calidad inferior al original.

En el caso de los libros, el máster es el archivo digital. El libro impreso sólo funciona en el contexto y las circunstancias para las que fue hecho. Si quieres leerlo en un soporte diferente (bolsillo, ereader) o en unas dimensiones diferentes (problemas de vista, conferencias) o integrarlo en un sistema diferente (braille, audiobook, buscador de texto, hipervínculos), tendrás que comprar un nuevo volcado del máster, si lo hay, que cumpla los requisitos.

Entonces es cuando viene el problema: el nuevo volcado no se vende a precio de coste. Por algún motivo, te obligan a pagar de nuevo a los creadores del original.

Hasta hace un tiempo, las copias que se vendían eran en general el mejor volcado que era comercialmente viable: libros de bolsillo por la movilidad y el bajo coste y los de tapas duras por el tamaño y la durabilidad. En consecuencia, el lector sentía que estaba pagando por la forma más práctica de acceder al original.

Luego, cuando llega un nuevo soporte de mayor fidelidad, aparecen por arte de magia nuevos derechos. Sin embargo, en el precio de un libro editado en el siglo XX ya se había proyectado sufragar la creación del original con los derechos en papel. Es decir, al lector que compró una copia en papel ya se le hizo pagar su parte. Quien comercializa el original no tiene realmente un derecho moral a cobrar una segunda vez por un concepto que en su día fue amortizado.

Lo cual me lleva a la cuestión sobre la que quería hablar. Hoy en día se venden libros en formatos digitales de los cuales se puede derivar cualquier otro. Un ebook sin DRM se puede usar en el móvil, en un ereader, en una pantalla, puede ser leído por un sintetizador de voz, se puede imprimir en papel con tinta o en Braille, se puede convertir en una página HTML, se puede buscar, editar, recortar, reorganizar. En consecuencia, una vez se vende el ebook, se deberían haber amortizado todas esas posibilidades. No cabe, por tanto, querer cobrar derechos de creación por cada versión imaginable.

Supongamos que me hacen caso y en vez de vender libros de forma individual, como si la gente viviera aislada del resto del mundo, se venden al precio absoluto. Una vez se ha amortizado la creación del original (el archivo digital), cualquier volcado debería venderse a precio de coste. El precio de coste incluye la maquetación de un libro impreso o la grabación de un audiobook, pero no derechos de autor por el trabajo original.

Por ejemplo, un autor a jornada completa dedica un año a escribir una novela decente y libera el archivo digital por 30.000€. Luego decide autoeditar una versión en rústica y dedica 35 horas al diseño y la maquetación. A continuación libera igualmente el archivo digital de ese volcado (un PDF, probablemente), sólo por el coste adicional de la edición, digamos, unos 500-1.000€. O quizá, teniendo en cuenta que el valor es pequeño comparado con el del original, lo libera como obsequio para los lectores.

El propio autor puede subirlo a varios servicios de impresión por demanda, aunque los usuarios son libres de tomar el PDF y usar cualquier otro que les parezca conveniente. A la hora de comprar el ejemplar, el lector ya sólo paga los costes de imprenta, que, a diferencia de la parte creativa, sí que están relacionados con la fabricación de cada unidad. El autor sólo presenta al ISBN y el Depósito Legal el original y el PDF, no el volcado en papel, que es una impresión sin pago de derechos de autor ordenada por el lector para su uso privado.

¿Todo esto tiene alguna pega? Sí: es virtualmente imposible hacerse millonario con un par de libros. Pero para los lectores es una ventaja más que un inconveniente.

Vía Fran Ontanaya

Literatura: Una breve historia de casi todo

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De quién es

  • Título Una breve historia de casi todo
  • Autor Bill Bryson
  • Editorial Planeta RBA Bolsillo
  • ISBN 84-7871-175-9
  • Número de páginas 511

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De qué va

Bill Bryson se describe como un viajero renuente, pero ni siquiera cuando está en su casa, en la seguridad de su estudio, puede contener esa curiosidad que siente por el mundo que le rodea. En Una breve historia de casi todo intenta entender qué ocurrió entre la Gran Explosión y el surgimiento de la civilización, cómo pasamos de la nada a lo ahora somos.

Como está

Es un fantástico libro de divulgación que va recorriendo todas las áreas del conocimiento de la naturaleza y contando quién han sido sus impulsores y como hicieron sus descubrimientos. De camino va contando curiosidades sobre las materias que está tratando.
Es muy ameno y divertido y se lee con gran facilidad. Lo más interesante es conocer el contexto en el que se hicieron los grandes descubrimientos científicos y como vivían las personas que lo hicieron. Va de más a menos, o eso me pareció a mi pero no deja de ser un magnífico libro y lectura muy recomendable.

Puntuación 7

El sentido de la vida

Hay gente que escribe cosas en Internet y gente que escribe cosas en Internet. Unas cosas no son igual que otras cosas. Entre la gente que escribe bien en Internet y que me gusta (lo primero es condición necesaria pero no suficiente) están: Hernan Casciari, Jose A. Pérez, Kike Fernández o Javier Malonda.

Hoy nos pararemos en este último. En vez de glosar su obra voy a apelar a su inteligencia, querido lector, y extractar algunas frases de su última publicación y ya ustedes me dicen. Todo sacado de contexto :) :

  • “hablábamos de lo de siempre: de mujeres y de sexo”
  • “—El chochito —dijo lentamente—, menudo invento.”
  • “Me pregunté si Sócrates y Platón también hablaban de esas cosas.”
  • “Todos queremos follar más y el mundo “nos lo niega””
  • “Ellas tienen tetas y chochitos, y sin embargo nosotros los sentimos como nuestros.”
  • “Y luego dicen que no se puede mezclar el tocino con la velocidad ni los coños con la metafísica.”
  • “Aquello no era Casino Royale ni le sirvieron un Martini agitado, pero en esos momentos el Juli era lo más parecido a Bond que había en nuestras vidas.”
  • “Me di cuenta de que mi vida sexual hasta el momento había venido regada por alcohol para alimentar la caldera del valor”
  • “Era, como todas las cosas en mi vida, perfecta si se veía desde fuera.”
  • “Me di cuenta de que estaba pagando muchas cuentas que no eran mías.”
  • “me movía por la vida deseando que todas fueran felices sin pensar en mí en absoluto.”
  • “Todos sabemos cuál es la mejor alineación para la selección nacional, pero nadie quiere la responsabilidad de sentarse en el banquillo.”
  • “Todos sabemos cuál es la mejor alineación para la selección nacional, pero nadie quiere la responsabilidad de sentarse en el banquillo.”
  • “Los garitos son ahora escenarios en los que se desarrolla un pestilente drama en el que uno no sabe si zambullirse de cabeza o vomitar.”
  • “Caminar. Es lo que hay que hacer. Y por el camino follar mucho.”

Lean más si les ha gustado tanto como a mi.

Vía El Sentido de la Vida

Pues a mí me gusta

Yo tengo un problema cuando hablo de literatura con los demás: tengo tan poca inteligencia social que me empeño en decir lo que pienso. Y eso tiene un efecto muy negativo en el que lo escucha, que siempre percibe que hay cierto aire de superioridad en el tipo de afirmaciones que hago. Nada más lejos de mi intención. Sin embargo, yo escucho constantemente este mismo tipo de aseveraciones de sus labios sin que sientan el más mínimo remordimiento cuando las expresan.

Voy a explicarme un poco más.

Continúa leyendo Pues a mí me gusta

Literatura: El caballero de la armadura oxidada

El caballero de la armadura oxidada

El protagonista, un caballero deslumbrado por el brillo de su propia armadura, a pesar de ser bueno, generoso y amoroso, no consigue comprender y valorar con profundidad lo que tiene, descuidando sin querer las cosas y las personas que lo rodean. Su armadura se va oxidando hasta que deja de brillar y, cuando se da cuenta, ya no puede quitársela. Prisionero de si mismo, emprende entonces un viaje al final del cual, gracias a diversos personajes, logra deshacerse de la armadura que le había imposibilitado abrirse al mundo.

Es un corto libro en forma de cuento adulto que se ha hecho muy famoso por la moda de la autoayuda o la automotivación, literatura de la que no soy el mayor fan pero que ahí está. El libro tiene algunas incoherencias y, a veces, se hace un poco pesado, a pesar de su brevedad pero, sin embargo, la idea que intenta inculcar en el lector me ha gustado mucho.

Dicha idea, lejos de las de corte obvio que suelen tener estos libros, es polémica, cuanto menos: se debe aceptar las cosas (quienes somos, que hacemos, como es el mundo,…) y no esperar que sean distintas e intentar cambiarlas/mejorarlas.
Pese a que a alguien le pueda parecer conformista y poca ambiciosa esta idea y mi me gusta porque me parece que es una fuente de felicidad. La vida es demasiado corta y los deseos una fuente de inquietud constante, si aprendemos a aceptar y aceptarnos pasaremos en mejor equilibrio por este mundo y nada nos parecerá tan malo.

Amén.

Literatura: Numerología

numerologia

Una amiga a la que aprecio (aunque a veces no lo parezca) me dejó un pequeño tratado sobre numerología.

En el texto se pretende establecer un vínculo entre nuestra forma de ser y un número en sistema decimal que se calcula sumando todas la cifras de nuestro día, mes y año de nacimiento hasta que quede una sola cifra. No se explicaba la razón de este cálculo, ni la elección del sistema decimal ni el calendario gregoriano para realizarlo pero supongo que alguna razón de ser tendrá.

La teoría es que cuando nacemos por primera vez y nos separamos del todo (o la nada que son conceptos similares) somos un número 1 y, en sucesivas reencarnaciones, vamos subiendo de número o evolucionando hasta llegar al 9 cuando volvemos a unirnos al todo (o la nada).

El número que me correspondía era el 3 pero yo me sentí más identificado con el 2. Me esperaba una descripción de cada número muy general y fácil de encajar con cualquiera como suelen ser los tratados zodiacales pero la verdad es que la mayoría de las ideas que lanza son muy duras y se te hace difícil identificarte. Después de leer todos los números, no te apetece ser ninguno.

Durante la lectura se pasa de la curiosidad por saber las características de cada número y de calcular si las personas que conoces encajan en sus números a un cierto tedio porque la estructura de cada número se repite y se repite y se repite y son 9 veces.

Como curiosidad tiene su gracia.

La numerología es un conjunto de creencias o tradiciones que establecen una relación mística entre los números y los seres vivos junto con las fuerzas físicas. Fue popular entre los primeros matemáticos, pero no se la considera ya disciplina matemática. La mayoría de científicos actualmente concuerdan en afirmar que la numerología es una pseudociencia, al igual que la astrología con respecto a la astronomía (…) . Sin embargo, la mayoría de los seguidores de estas corrientes no pretenden elevarlas a la categoría de ciencia, a diferencia de las pseudociencias que sí reclaman tal categoría.

(Vía Wikipedia)

30 años de Fray Perico y su borrico

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Se cumplen 30 años de la publicación de Fray Perico y su borrico, un fantástico libro infantil que fue con el que yo me inicie en el mundo de la lectura.

Y hasta ahora.

Es un libro de humor con muchos matices para ser infantil. Cada fraile tiene un nombre a cuál más gracioso, al estilo de Los Pitufos. Fray Perico es un pedazo de pan, inocente y bonachón y de ahí vienen todas las situaciones humorísticas. Estaba inspirado en San Francisco de Asís con su amor por los animales y todo. Se hicieron seis continuaciones pero no eran lo mismo.

Con motivo del aniversario le han hecho una entrevista al autor, Juan Muñoz Martín, que dice que no se hizo rico a pesar el éxito del libro.
Recuerdo que en aquella época me parecía que Juan Muñoz era el mejor escritor que leía porque el resto de autores que leía no me llegaban con tanta fuerza.

Hoy en día, los niños se inician en la literatura con Harry Potter y espero que le tengan tanto cariño dentro de un tiempo al mago como yo a este fraile.

Juan Muñoz

Literatura: El primer trago de cerveza y otros pequeños placeres de la vida

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De quién es

  • Título El primer trago de cerveza y otros pequeños placeres de la vida
  • Autor Philippe Delerm
  • Editorial Tusquets
  • Colección Fábula
  • Páginas 103
  • Formato Bolsillo
  • Traducción Javier Albiñana

Enlaces

De qué va

El primer trago de cerveza es la narración breve, exquisita, de esas situaciones, comunes a todos, que, en los tiempos ajetreados en que vivimos, se deslizan sin que les prestemos atención y que, en cambio, encierran el germen del buen vivir. A Philippe Delerm, al parecer, no se le escapa una sola oportunidad de aprovechar esos momentos, y al hacerlo, incita al lector a reconocer en sí mismo cuáles son sus propios instantes de gozo. Si, por ejemplo, en una luminosa y fría mañana de invierno, a alguien le llena de placer salir a comprar croissants recién hechos, es muy probable que otros descubran que, en cambio, con lo que más disfrutan es con «el indecente placer de saborear un banana-split». ¡Tantos instantes, tantas pequeñas historias, tantos minúsculos placeres, al alcance de todos y que, sin embargo, nos parecen tan ajenos!

Como está

Es un libro que pretende exaltar esos pequeños placeres diarios que nos regala la vida todos los días. Peca de ser un poco localista. Un jersey en otoño o leer en la playa o el cine se entiende bien en España pero el croisant de la acera, los lukums de las tiendas árabes o la cinta mecánica de la estación de metro de Montparnasse no sabemos lo que es.
Es un libo agradable de leer, sin mayor trascendencia y que nos saca un poco del sitio cuando habla de los placeres que nos son desconocidos.

Puntuación 5

Literatura: El librero de la Atlántida

Portada del libro

De quién es

  • Título El librero de la Atlántida
  • Autor Manuel Pimentel
  • Editorial Almuzara
  • ISBN 84-96710-02-5
  • Número de páginas 395

Enlaces

De qué va

Alejandro, un tímido librero de Cádiz, sólo tiene por amigo a un viejo marinero, el Corcho, que cuenta leyendas de antiguas ciudades sumergidas mientras bebe en las tabernas de la Caleta gaditana. Un estudio científico, que asegura que se avecina una nueva glaciación y que desmonta la común creencia del calentamiento global, modifica los planes de expansión de una importante empresa constructora, desatando una guerra por acumular suelo. Mientras, la naturaleza parece encolerizada con los hombres que la golpean. Y, como telón de fondo, el mito de la más grande, poderosa y mágica de todas las civilizaciones.

Como está

Novela que sigue la senda de sacar a luz misterios históricos al estilo de El Código Da Vinci o La hermandad de la sábana santa pero con tema andaluz. Da la impresión de que el escritor es novel porque la novela da una de cal y otra de arena. Tiene hallazgo importantes como la subtrama de la Atlántida donde antiguos personajes van desvelando poco a poco qué es lo que le pasó a la civilización junto con cosas de novato como la poca consistencia a veces de la historia y el hecho de que toda la novela se esté preparando algo que cuando pasa no es para tanto. De todas formas se lee fácil y es entretenida.

Puntuación 6

Booktrailer

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