La Que Pota Fijo y La Que Igual No Pota

Dos amigos me han contado una anécdota que, por su indudable interés antropológico, reproduzco aquí (con su explícito permiso).

Mis dos amigos, a quienes llamaremos Amigo 1 y Amigo 2, estaban en una ciudad española medio de trabajo, medio de vacaciones. Debido a su penosa situación económica, compartían una misma habitación de hotel. El último día de su estancia en dicha ciudad, mis amigos decidieron salir de marcha en el clásico plan: “a ver si follamos”.

Tras largos e infructuosos esfuerzos, por fin encontraron a dos chicas aparentemente dispuestas a entregarse al efervescente placer del amor-de-una-noche. Aunque las dos estaban soberanamente borrachas, una de ellas parecía encontrarse, en palabras de mis amigos, “a las hermosas puertas del coma etílico”. Mis amigos, incapaces a esas alturas de memorizar ningún nombre, y dado que ambas eran morenas, las catalogaron como La Que Pota Fijo y La Que Igual No Pota.

Tras una ardua negociación, mi Amigo 1 decidió asediar a La Que Igual No Pota, y mi Amigo 2 a La Que Pota Fijo, con la que creía tener más posibilidades gracias a ese bendito mecanismo cerebral llamado semiinconsciencia. Ambos sabían que sólo disponían de una habitación, de forma que el cortejo se convirtió en una frenética contrarreloj. Ganó mi Amigo 1, que se marchó con La Que Igual No Pota. Mi Amigo 2 no desistió en su empeño y, tras mucha charla desbordante, sin duda, de ingenio, logró convencer por fin a La Que Pota Fijo de que fuera con él a su habitación.

Al llegar al hotel, mi Amigo 2, consciente de que mi Amigo 1 estaba en la habitación con La Que Igual No Pota, pidió a su acompañante que le esperara sentada y con la cabeza entre las rodillas en un sofá del hall. Luego, se encaminó hacia el mostrador y, sacando su DNI, le dijo a una de las recepcionistas:

-Buenos días. Una doble, por favor.

RECEPCIONISTA: No puede entrar hasta las 12 de la mañana, y son las 10. Tendrá que esperar dos horas.

AMIGO 2: No, no. Yo la quiero para ahora, para estas dos horas.

La recepcionista, algo incómoda, asintió y tecleó el DNI de mi amigo. Miró la pantalla del ordenador y dijo:

-Pero señor, usted ya tiene una habitación en este hotel.

AMIGO 2: Ya, no importa. Ponme otra.

La recepcionista obedeció, y mi Amigo 2 subió con La Que Pota Fijo a la habitación. Pero, nada más cruzar la puerta, la chica recibió una llamada de su amiga, La Que Igual No Pota. Ella, preocupada por si había ocurrido algo malo, descolgó. Su amiga, al borde de las lágrimas, le dijo que se encontraba en el hotel Tal y que a ver dónde estaba ella. Ella respondió que estaba en ese mismo hotel, en la habitación x. La amiga dijo que la esperara ahí. Mi Amigo 2 quedó desconcertado.

Al poco, apareció La Que Igual No Pota y, nerviosa, confesó a su amiga que mi Amigo 1 la había echado de su habitación de muy malas formas tras practicar un breve coito. Mi Amigo 2 estaba convencido de que eso no podía ser “completamente” cierto, de modo que telefoneó a mi Amigo 2 en presencia de las dos chicas.

AMIGO 1: Ey, ya puedes venir.

AMIGO 2: ¿Has echado a la chica de la habitación?

AMIGO 1: Para nada. Lo que pasa es que la tía se me ha puesto a contar cosas de sus estudios, de su familia y no sé qué, y yo le he dicho: o te callas o te vas. Ha hecho las dos cosas.

Y mi Amigo 2, satisfecho con la explicación, colgó el teléfono y, girándose hacia La Que Igual No Pota, dijo:

-¿Pero, tía, por qué no te has callado?

Y, por supuesto, mi Amigo 2 no pudo culminar su plan de amor-de-una-noche. La habitación le costó 120 euros. La usó 10 minutos. La Que Pota Fijo, antes de marcharse, le dio su teléfono por si volvía a la ciudad. Él la memorizó en el móvil como La Que No Potó.

Hoy, años después, mira a su pequeña y preciosa hija y no puede evitar sonreír al pensar en lo que le espera.

Sigue aquí.

Vía Mi mesa cojea

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