La sorprendente la facilidad con la que los padres aprenden a leer el estado de ánimo de los niños

Mi hijo tiene ahora 8 meses y medio y, aunque ya ha aprendido a sentarse y gatear, su inseguro avance requiere de constante supervisión.

Este fin de semana estaba jugando con él cuando perdió mano en un giro, teniendo que hacer un movimiento brusco para mantener el equilibrio. No se había llegado a golpear y, sin embargo, comenzó a llorar.

En ese momento, yo era perfectamente consciente de que hacía más horas de lo normal que el niño no echaba una siesta, y pude relacionar el berrinche con la causa subyacente: de no haber perdido mano, habría sido cualquier otra cosa lo que hubiese desencadenado el llanto.

Acerté. Tras consolarlo y ponerlo en la hamaquita, apenas tardó un minuto en frotarse los ojos: síntoma inequívoco de sueño.

Mientras lo acunaba y me regalaba a mi mismo los oidos con lo buen padre que soy, acudió a mi mente una reflexión: con cuanta facilidad aprendemos, no sólo a relacionar las carencias en necesidades básicas de nuestros hijos (como comer o dormir) con su estado de ánimo (irritabilidad), sinó que incluso modulamos nuestra manera de dirigirnos a ellos para que acepten las propuestas que les hacemos (no existen tantas maneras de poner a dormir con éxito a un bebé irritable e irritado).

Como ingeniero que soy, no pude evitar dedicarle un instante a pensar en las causas, y porqué esas predicciones no son extrapolables a los adultos, y enseguida aparecieron ante mí varios hilos de los que estirar: presunción de «inocencia» (falta de malicia o voluntades ocultas), el relativamente restringido abanico de necesidades y reacciones del bebé, etc..

Por suerte, el ingeniero que tengo dentro se apartó enseguida de mi plano consciente, para permitirme disfrutar y saborear la reflexión que hoy comparto con vosotros en toda su plenitud: Qué dificil es ser consciente del estádo de ánimo que nos posee, y cómo afecta a nuestras reacciones. No digo ya ser capaz de leer, aunque fuera básicamente, el de los demás y ser capaces de modular nuestra comunicación para llegarles mejor. Y sin embargo.. ¡con cuánta naturalidad lo hacemos con nuestros hijos!

Vía Linkedin

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