Las editoriales empiezan a llorar

Ayer se publicó en El País un artículo titulado Los dispositivos de lectura digital se disparan… la piratería también, que no es más que un amargo llanto de las editoriales, que empiezan a ver que, si se hacen las cosas igual de mal (o peor) que la industria discográfica, las consecuencias serán bastante parecidas.

Podría comentar muchas cosas, pero voy a centrarme en el siguiente párrafo:

Uno de sus autores, Manuel Francisco Reina, envió alarmado a la editorial [Roca] una lista con 20 webs donde se podía descargar gratis su última novela, La emperatriz amarga. Obviamente sin su autorización.

Así que he hecho un pequeño experimento: ¿qué diferencias hay entre bajarme ese libro sin autorización de la editorial o utilizar el sistema Libranda? Muchas.

Sin Libranda

  1. Voy a Google y tecleo una búsqueda no muy complicada: «la emperatriz amarga descarga».
  2. Entre los primeros enlaces aparece una referencia a un archivo albergado en Hotfile de 137 MB de tamaño, porque incluye el audiolibro. Lo descargo (tiempo aproximado de descarga, sin cuenta premium en esa página: una media hora).
  3. El archivo descargado el libro en varios formatos para que pueda cargar en mi hipotético libro electrónico el que quiera. Lo descomprimo y elijo el que me dé la gana.
  4. Hemos terminado.

Con Libranda

  1. Voy a Libranda y tecleo la búsqueda correspondiente: «la emperatriz amarga».
  2. Accedo a la página de resultados, que en la que me aparece una breve ficha del libro. Abajo aparece un enlace: «Ya a la venta». Pincho en el enlace y llego una página con enlaces a las tiendas en las que puedo conseguirlo. Ojo: no el enlace a la ficha del libro dentro de cada una de las tiendas, sino un enlace a la página principal de cada tienda. Es decir: que la primera búsqueda no me ha valido para nada. Elijo comprarlo en Casa del Libro.
  3. Vuelvo a buscar el libro dentro de la tienda y llego a una página con cuatro resultados, incluyendo el libro en papel. Pincho en la versión electrónica y llego a la página con la ficha del libro. Ahí puedo añadirlo a la cesta y comprarlo por 12 €. Antes de hacerlo, veo un enlace debajo de la ficha: ver dispositivos compatibles. Acabáramos: que esto no me vale para cualquier libro electrónico. Miro la lista: «No compatible con iPad, iPhone y Kindle». Además, añaden que hace falta el programa Adobe Digital Editions (con el que tiene que ser compatible el lector que esté utilizando).
  4. Busco el Adobe Digital Editions y llego a una página que me dice, muy amablemente, que mi sistema no cumple los requisitos mínimos para instalarlo. Será porque uso Linux. Bueno, me meto en la piel de alguien que utilice otros sistema operativo o Windows, y supongo que me he descargado el programa, lo he instalado y he completado los pasos de registro.
  5. Compro el libro en la Casa del Libro. Me lo puedo descargar de su zona de usuarios, y (en teoría) aparecerá en mi instalación de Adobe Digital Editions. Desde ahí, puedo transferirlo al libro electrónico, siempre y cuando sea compatible.

Revisando las instrucciones veo que las que he escrito para comprar el libro utilizando Libranda han quedado más resumidas que las otras. Sí, lo he hecho adrede, que no se diga; también es cierto que algunos de los pasos tienen que realizarse únicamente la primera vez que se compra un libro. Una explicación alternativa puede verse en el siguiente vídeo, que cuenta todo esto de forma más genérica.

Mientras esto siga así, las editoriales seguirán llorando. Cuando empiecen a ofrecer el libro electrónico sin tanta parafernalia, la cosa les mejorará bastante. Yo estaría dispuesto a pagar el precio del libro electrónico si éste es sensiblemente más barato que la edición en papel, si el proceso de compra no es un dolor y si luego puedo poner el archivo descargado donde me dé la gana: puede que en un futuro cambie de dispositivo de lectura. Alguien ha pensado que utilizar un sistema de protección anticopia es una idea buenísima para acabar con la piratería, y el efecto neto es completamente el contrario: es mucho más sencillo conseguir un libro electrónico tirando directamente de páginas de descargas (y además no hay que andar pendiente de que sea compatible o no), que por medio de los canales oficiales.

Realmente: ¿el ponerle DRM a un determinado libro, a un determinado disco o a un determinado vídeo ha evitado en alguna ocasión que se haya terminado compartiendo en las redes de intercambio? Intuyo que la respuesta es un rotundo no. Utilizar este tipo de sistemas defectuosos lo único que ocasionan es un dolor para el posible comprador, que automáticamente se pasa a la descarga «no autorizada» en cuanto aprende cómo puede hacerse. Dice el artículo de El País que la inclusión o no del DRM es algo que se deja a elección de autores y editores. Alguien debería hablar con ellos y enseñarles este instructivo gráfico que muestra las diferencias entre comprar un DVD o bajarse la película directamente.

Libranda es, efectivamente, una porquería, y no solamente por el pobre sistema de venta, sino por los evidentes problemas de catálogo que tiene. Es, a todas luces, una excusa para que las editoriales, cuando empiecen sus problemas de verdad, puedan decir que han hecho algo.

Vía Las penas del Agente Smith

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